Los hijos no nos pertencen. Aunque culturalmente las madres los crean de su propiedad, parte de su cuerpo y en los juegos del lenguaje se los nombre con posesivos, no son nuestros. No son la carne que nos continúa, como si algo de nosotros hubiera en ellos, aunque las palabras nos lo permita decir y nos engañen respecto de ello. Hemos sido para ellos un tránsito, un puente. Ellos, son otros. Nacen otra vez al mundo, cuando se hacen a sí mismos, se configuran para alcanzarse otros, diferentes. Y por eso, qué emoción más extraña nos invade cuando alcanzan algo para sí mismos. Cuando se muestran ellos. Cuando efectivamente el parto acontece en ese "partir" y separarse para ser otro. Cuando ese partir es un partir hacia lo incierto. A pesar de todo, nótese la imagen. Se puede jugar al juego de las diferencias!
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miércoles, 12 de diciembre de 2012
Hijos
jueves, 16 de agosto de 2012
martes, 27 de septiembre de 2011
Unión fatal de gemelos
"Yo he llegado a a pensar que la amistad es un lazo parecido a la unión fatal de los gemelos. Esa peculiar correspondencia de las vocaciones, de las simpatías, de los gustos, de los aprendizajes, de las emociones ata a dos personas y les asigna un mismo destino. Hagan lo que hicieren contra el otro, sus destinos seguirán siendo comunes. Huyan donde huyeren, seguirán sabiendo el uno del otro todo lo que le resulte importante. Ya elijan un nuevo amigo o una nueva amante, no se librarán de sus vínculos sin el permiso secreto y tácito del otro. El destino de estas personas transcurre así, de manera paralela, aunque el uno se aparte del otro y se vaya muy lejos, al trópico, por ejemplo"
Sándor Márai, El último encuentro.
miércoles, 30 de junio de 2010
Para qué escribir
Escribir para ser otros. Para que la gestualidad de la letra dé cuerpo a un abismo en sí mismos. Un abismo que no es fondo, que no es una interioridad a conocer, sino un espacio que fundar. Lo profundo que nos habite será la relación que tenemos con el instante. Una intensidad en la relación de sí consigo. Un aprender a ver las cosas de otro modo, un dejar que las cosas se nos acerquen. Ser parte de la comunidad de los amigos de la distancia, aquellos que aman alejándose, que no aman más que separándose a lo lejos. Que forman parte de esa comunidad imposible, la de los amigos de la soledad. Escribir, entonces, para abismarse.
Escribir para hacer resbalar al papel la palabra que quedó pendida de los labios, que se alarga como lazo, dado que siempre se es el lazo que se teje. Aunque los pensamientos se encuentren a medio vestir o con ropas prestadas. Encontrarlos in fraganti, sorprenderlos. Y dejarlos. Que no es abandonarlos. Es cierto que a veces el verbo parece un impulso que patea al vacío. Pero no hay vacío sino esto que vamos haciendo de nosotros mismos. El alma al borde de los labios, entonces.
Escribir para comprender que no sólo decimos algo por su contenido, sino que éste se asocia caprichosamente a una manera de decir. Saber que estamos hechos de nuestras palabras y que el pensamiento -como la vida- nos atraviesa, que las preguntas nos interpelan a no asumir la triste conformidad de placeres y dolores a medias, la estática comodidad de aceptar sin más lo dado. Y para saber que la palabra que por pereza llamamos propia no es sino azar, tejido, encuentros, “entres”. Siempre de otro o para otro. O con otro. E independizarnos del impulso liberal de hacer de ella también objeto de la propiedad privada. Así, cuestionando el pronombre posesivo, cuestionar también el pronombre personal; “¿pero soy yo quien escribe?”. En la frontera, entonces, entre lo que somos y lo que decimos.
Escribir para escucharnos a nosotros mismos y narrarnos. Y entender que la confianza en las palabras no es confianza porque ellas estén fijas en significaciones, sino que es confianza porque ellas son productoras de diferencia. Escribir sin buscar transparencias, ni razones, sin esperar que el sentido surja de la concatenación lineal y bienpensada de las frases. No querer comprenderlo todo. Escribir para desatar el discurso de una verdad sobre nosotros mismos. Aprender a ser nuestros propios jueces, después de habernos dado la propia ley. Ser extranjero, entonces, en la propia lengua y un creador de verdades para sí mismo.
Escribir para devolverle el cuerpo al pensamiento, en la materialidad de la letra. Pero también devolver el desplazado, olvidado y degradado cuerpo al espíritu. No ser más sombras que buscan un cuerpo, sino un cuerpo/palabra, un cuerpo/otro, un cuerpo/alma. Cuerpos que unen lo eternamente separado, las palabras y las cosas. Escribir para transitar el peligroso quizá. Comprender que somos seres de paso, en tránsito, que vinimos a ser otros. Entonces, una política de la verdad, una ética de la experiencia y una estética del paseo.
Escribir, entonces, para llegar a ser el que se es.
viernes, 29 de enero de 2010
Amigos de la distancia
No se vieron en la noche
ni en el día
los que venían diciendo y cantando
los nacimientos de otros
los soles nuevos, las mañanas ventosas
los cataclismos, las cascadas
los que son muchos y las diferencias
Sólo se presentían
se adivinaban
se deducían
sabiéndose de esos que aman alejarse
amigos de la distancia
osadía de una amistad que quiere lo extraño
que ama todo aquello que nos hace ser otros de los que somos
aventureros del quizá
y del cada-vez
como la vez primera
ni en el día
los que venían diciendo y cantando
los nacimientos de otros
los soles nuevos, las mañanas ventosas
los cataclismos, las cascadas
los que son muchos y las diferencias
Sólo se presentían
se adivinaban
se deducían
sabiéndose de esos que aman alejarse
amigos de la distancia
osadía de una amistad que quiere lo extraño
que ama todo aquello que nos hace ser otros de los que somos
aventureros del quizá
y del cada-vez
como la vez primera
martes, 18 de agosto de 2009
experiencias de lectura
¿Qué es leer sino ese espacio entre lo uno y lo otro, esa bisagra que nos une y nos separa, esa nueva forma que somos juntos? ¿Qué es la lectura, sino perderse en lo Otro, en el Otro, y quedar ya, nuestro sí mismo, atravesado por nuestra diferencia? Desde este lugar es que decimos que siempre leemos lo im-posible, lo que no somos, lo que no esperamos, lo que no escribimos.
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Otro,
perderse
viernes, 23 de enero de 2009
miércoles, 21 de enero de 2009
los otros y los mismos

profundas e iniciáticas las palabras con perfumes
y las que nos hacen habitar espacios entre nosotros
y entre nosotros y las cosas
las noches
la ventizca del mar
una música sonando
palabras musitadas por otros
el roce de los cuerpos
una sonrisa
la percepción del tiempo
las manos del niño que buscan las tuyas
y el niño que fuiste
los recuerdos vagos y dispersos
la ciencia cierta de lo que se quiere
el deseo, siempre hacia lo otro
la muerte que nos espera
la que podemos pensar ahora
¿somos otros y los mismos?
ni militar que somos algo juntos
ni gritarlo más a los cuatro vientos
no elucubrarlo
no hipotetizarlo
no adaptar un sonido nuevo a viejas partituras
habitar el silencio es también habitar lo extraño en uno
y las que nos hacen habitar espacios entre nosotros
y entre nosotros y las cosas
las noches
la ventizca del mar
una música sonando
palabras musitadas por otros
el roce de los cuerpos
una sonrisa
la percepción del tiempo
las manos del niño que buscan las tuyas
y el niño que fuiste
los recuerdos vagos y dispersos
la ciencia cierta de lo que se quiere
el deseo, siempre hacia lo otro
la muerte que nos espera
la que podemos pensar ahora
¿somos otros y los mismos?
ni militar que somos algo juntos
ni gritarlo más a los cuatro vientos
no elucubrarlo
no hipotetizarlo
no adaptar un sonido nuevo a viejas partituras
habitar el silencio es también habitar lo extraño en uno
jueves, 8 de enero de 2009
sábado, 11 de octubre de 2008
La infancia que no es del otro

¿Por qué dejar de ser infantes? ¿Por qué nombrar las cosas con las palabras impuestas por otros? ¿No es la in-fancia esa condición en nosotras, niñas-adultas, y en todos, de no tener aún el lenguaje para nombrar lo nuevo que nos acontece? ¿No es propiamente ese intento de nombrar un mundo nuevo que aparece? ¿No es, ser infantes, nombrar las cosas con nuestras propias palabras, abrirnos mundo y mundos posibles con nuestras palabras-a-tientas? ¿No es relacionarnos de otro modo con el lenguaje, no es hablar sino en metáforas? ¿No es la infancia esa actitud de ver las cosas como si las viéramos por vez primera, cada vez? ¿O esa actitud que nos permiten que “nos pasen cosas”, en un mundo de adultos que pretenden controlar el futuro, sus relaciones, su vida, para no sufrir?
La infancia, la experiencia y lenguaje que nos habita, en el que co-habitamos: que nos atraviesen. Sigamos siendo permeables a que las cosas nos atraviesen, también el dolor, pero sin dejar que las cosas nos atraviesen ¿podemos ser felices? ¿Podemos encontrarnos con el otro que, desde su palabra, nos interpela?
sábado, 4 de octubre de 2008

Gon dice:
Serán los ojos de un extranjero?
Serán los de Gonzalo? Que es el mismo y es otro de hace 10 años?
Serán los ojos de 10 años? De 35 años sosteniendo una realidad tan ajena, extranjera, hurgando en el microcosmos, deteniendo el tiempo para prestarle atención a esa adolescente samurai?
Serán mis ojos los ojos en el mar de ojos? serán los ojos de alguien que era? Serán los ojos de otro?
Serán los ojos de un extranjero?
Serán los de Gonzalo? Que es el mismo y es otro de hace 10 años?
Serán los ojos de 10 años? De 35 años sosteniendo una realidad tan ajena, extranjera, hurgando en el microcosmos, deteniendo el tiempo para prestarle atención a esa adolescente samurai?
viernes, 19 de septiembre de 2008
Semejanzas

Hoy leía con Walter Benjamin que la experiencia se basa en el don de producir y percibir semejanzas. Entonces pensé esas cosas que me pasan. Como sumar la lluvia a una canción, o las primeras noches de primavera a una velocidad. Un gesto a una palabra, o a los gatos. Un modo de decir al habla infantil o a la del poeta. Referir lo que leemos a un alguien, o lo que escribimos a un otro. Un intercesor: la semejanza entre lo que digo y el rostro expectante que se asoma a mi escritura; entre un pensamiento y un otro-sí-mismo.
Percibir y producir la semejanza entre los discursos y las prácticas: una política de la experiencia.
miércoles, 13 de agosto de 2008
Les amants

Abrir los ojos y encontrarnos con una palabra que nos llama: una palabra de otro que nos interpela, nos exige una respuesta, nos expone a saber, que después de ella, no seremos los mismos. Una palabra que no esperamos: un alguien allí que nos ha sido velado –las distancias, el azar, los tiempos a destiempos, los recorridos y vericuetos de un andar que nunca es el mismo, que cegaron unos ojos en nuestros ojos-. Sabernos allí, en un mismo tiempo confluyendo, ríos cruzados, relámpagos de una noche oscura, o vientos que silban mientras no saben su rumbo y se largan a los abismos, prontos a la palabra, a decirse, a inventarse.
jueves, 7 de agosto de 2008
Laberintos
¡Crearme los propios laberintos!
Los intersticios que recorrer,
las máscaras que usar;
los personajes
y el teatro.
No ser ya la que era:
la misma que recorrió un trayecto.
¡Ser todas y cada una de aquellas
que se animan a lanzarse a los abismos,
a mirar desde las profundidades de las alturas,
siempre y lo suficientemente alta para el rayo!
En el anverso y reverso del tiempo:
poder desplazarme pasado y futuro en la palabra del instante,
fluir en el cambio,
¡enfrentar la invariabilidad de los sistemas y derrotar el proyectar el futuro a costa de totalitarismos!
Sabernos con otros en nuestras obras,
co-autores de una misma canción,
deshacer la trampalengua que nos seduce a traducirnos,
y crear el espacio de nuestro encuentro:
un espacio común de la palabra,
un laberinto para perdernos y quizás encontrarnos
–o no encontrarnos ya más-,
para dar con nuestros ojos que dicen
–aunque sin palabras-
cuando es otra la misma noche.
martes, 29 de julio de 2008
jueves, 26 de junio de 2008
nos-otros
"Abandonarse a las palabras "que llegan" es abandonarse al lenguaje que creemos constituir pero que nos constituye también desde los otros, desde las voces de los otros que se cruzan en la nuestra, desde la escritura del otro que se enmaraña en la propia, y torna difícil toda distinción, pero, a la vez, la posibilita"
(CRAGNOLINI/NIETZSCHE/NOS-OTROS)
domingo, 27 de abril de 2008
Filosofía y amistad. Situarnos en la experiencia

En la cotidianeidad de nuestra vida, la experiencia es algo que desaparece, dando lugar a un cúmulo de acontecimientos dispersos, poco más o menos entretenidos, que no logran modificarnos enteramente. Tener una experiencia precisa apertura y no cierres o límites, fluidez y no vorágine, la posibilidad de lo nuevo, no la repetición.
La expropiación de la experiencia, según el filósofo italiano Giorgio Agamben, ya se encontraba en el proyecto de la ciencia moderna. Así, la experiencia que se encuentra espontáneamente se le llama “caso”, y aquella buscada, “experimento”. El punto es que un experimento difiere bastante de una experiencia, ya que esta última no puede preverse, no es susceptible de repetición, como sí lo es el experimento, cuyo fin es encontrar una regla general. Por el contrario, la experiencia es única, singular, y el solo intento de repetirla acabaría con su singularidad. La experiencia, entonces, como aquello que acontece sin más, se sitúa casi en los límites del lenguaje, allí donde todavía no podemos hablar, se trata de una in-fancia del pensamiento, en el sentido más literal de la palabra (la infancia etimológicamente se refiere al hecho de aún no hablar, no poseer lenguaje).
La fuerza del pensamiento se pone en movimiento a partir de la novedad que la experiencia le aporta. Recién entonces nos convertimos en un sujeto de lenguaje. Claro que no ocurre esto cuando nuestro hablar es un mero repetir, sin habernos apropiado de las palabras que hacemos nacer.
Así como la experiencia se ha extranjerizado de nuestra cotidianidad, del mismo modo lo ha hecho de diversas disciplinas, y el conocimiento parece más ligado a la repetición de lo mismo que a dar lugar a la diferencia.
Para pensar un vínculo entre experiencia y filosofía, sugerimos hacerlo desde la idea de amistad.
Cuando hablamos de amistad, de algún modo hablamos de nuestra posibilidad de elegir a quienes queremos en nuestra cercanía, a quienes reclamamos la presencia o la adyacencia de nuestra propia vida. Es una posibilidad única, si pensamos en la contingencia de las relaciones personales, la familia, los padres, los hermanos, los compañeros de trabajo. En cualquier caso, las relaciones nos marcan y nos transforman. ¿Hasta que punto seríamos estos, quienes somos, si no fuera por quienes nos rodearon y rodean? ¿Cómo podríamos afirmar que siempre hemos sido los mismos (o que siempre hemos sido iguales), y no hemos sido modificados, revolucionados en el codo a codo con otro, o con otros?
Elegir a otro, ir en busca de la alteridad, implica buscar la diferencia. Una diferencia respecto de nosotros. ¿Y para qué quisiéramos buscar una diferencia? En la diferencia, en el otro que es distinto de mí, encuentro la posibilidad de lo nuevo, de lo que desconozco, de aquello que viene a mí interpelándome. Se trata de situarse en la novedad que aporta la experiencia, en la posibilidad de un encuentro en el más profundo de los sentidos: dos miradas que se reconocen; y esto necesita de una actitud, una disposición, un ethos.
Nietzsche, en su libro Así habló Zaratustra, pone de relieve esta diferencia que el amigo es respecto del sí mismo, y con ello la posibilidad de un diálogo:
“Uno siempre a mi alrededor es demasiado” – así piensa el eremita. “Siempre uno por uno - ¡da a la larga dos!”
Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehemencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo?
Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad.”
Si bien marca en principio una diferencia entre el “yo” y el “mí” (y aquí podríamos ver dos sujetos, un sujeto de lenguaje que dice “yo” y un sujeto de experiencia al que algo le acaece, “a mí”), nos interesa ver esta línea que traza con el amigo, que es éste quien hace salir de las profundidades la palabra y el diálogo, el que muestra la diferencia, el tercero.
La palabra “filosofía”, guarda para sí en su raíz a la amistad. Aristóteles lo señala al decir: “amigo de Platón, pero más amigo de la sabiduría”. Y esta amistad con la sabiduría muchas veces ha sido entendida desde una perspectiva de carencia, de falta. Deseamos aquello que no tenemos o aquello que está prohibido. Ambas respuestas, vinculadas al platonismo y el psicoanálisis, están examinadas desde el ángulo del sujeto y del objeto, desde la categoría de causalidad e implican y mantienen un dualismo en las cosas. Para Lyotard este dualismo no permite afrontar seriamente el problema. Philein, es desear, amar. Pero para Lyotard la filosofía no tiene deseos particulares (la sabiduría, el conocimiento), sino que es el deseo que tiene a la filosofía, como tiene cualquier cosa. En una conferencia dictada en la Sorbona, el filósofo dice:
“Los filósofos no inventan sus problemas, no están locos, al menos en el sentido de que hablan. Quizá lo sean –pero entonces no más que cualquiera- en el sentido de que “ça vent à travers eux” (una voluntad les traspasa) están poseídos, habitados por el sí y el no. Es el movimiento del deseo el que, una vez más, mantiene unido lo separado o separado lo unido; éste es el movimiento que atraviesa la filosofía y sólo abriéndose a él se filosofa”.
Abriéndose al deseo se filosofa, dando lugar a que acontezca el deseo, se halla la experiencia de la filosofía. Pero esta experiencia se da a partir de la separación, de la diferencia, de la novedad. La unidad tan solo se da en la separación, siempre con la mediación del uno a través del otro. Es el movimiento de lo uno que busca lo otro. Desde aquí retomamos la idea de amistad del comienzo. La amistad que nos posibilita elegir la adyacencia de alguien a través del cual nos manifestamos.
El amigo de la sabiduría puede ser pensado entonces como alguien atravesado por un querer (philein) filosofar. Abrirnos al deseo que co-habita con la filosofía, es dejar que se haga presente la fuerza del pensamiento. Dar lugar a una experiencia de pensamiento, y abrirse también a la diferencia respecto de nosotros mismos, a una transformación.
La experiencia del encuentro
“andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
(Julio Cortázar, Rayuela)
Mencionamos una experiencia como aquel acontecimiento que interrumpe el curso “natural” de las cosas, un alto, una interpelación, una irrupción de lo inesperado, algo no previsto, que nos acontece, que nos llama a pensarlo.
El encuentro es la posibilidad de que algo aparezca ante nosotros, se nos manifieste, tengamos la fugaz posibilidad de tenerlo. Pero implica también la posibilidad de un reconocerse: verse en lo otro, buscarse en la diferencia que puede compartirse, encontrarse a sí mismo en aquello encontrado.
Creo y quiero pensar que el encuentro no es el encontrar lo que estamos buscando, ya que sería simplemente ir en busca de algo que sabemos lo que es. Me tienta más pensar la experiencia del encuentro como aquello que puede aparecer ante mí, o que puede “pasarme” sin esperarlo. Que puede modificar mi rumbo, que puede transformarme. Dos vías que se cruzan. Mirarnos y sabernos. Una oportunidad de no ser siempre sola. Recuerdo encuentros que han sido posibilitadores de otros yoes. Con amigos, intercesores, en sueños, entre yo y mí, con ideas, con palabras…
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