HYPOMNEMATA

Los hypomnemata eran cuadernos de escritura: en ellos se encontraban citas, fragmentos de escrituras o pensamientos del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas, pensadas, y se atesoraban en esas páginas desordenadas, heterogéneas. Se trataba de un ejercicio en el pensamiento que no tenía como fin el decir lo indecible, sino captar lo ya dicho, de reunir lo leído. Eran escrituras sobre lecturas, y el fin de las mismas, la constitución de sí mismo. Era una escritura que posibilitaba la transformación de la verdad que nos damos a nosotros mismos. Una escritura que constituía con las propias palabras y las de otros un "cuerpo", como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad.







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viernes, 2 de agosto de 2019

Trazos invisibles de los cuerpos en el mapa



Tan ensimismadxs en los trazos que dejamos en las conversaciones, en nuestras escrituras, incluso en los restos de algo como una escritura de sí en tiempos de redes, nos olvidamos con frecuencia de los trazos invisibles que realizan nuestros cuerpos. Los que tienen un camino, una estancia, una velocidad. Los que diseñamos a veces todavía medio dormidxs, y otras veces -tan ensimismadxs - que no podemos recordar por dónde pasamos, para llegar a un destino. El destino pareciera ser siempre lo que más nos importa. Y lo que decimos en torno. Mientras, se nos escapa la experiencia única de los encuentros que nos sacan de lo previsto, los recorridos, los trances y los tránsitos. Lo que vamos dibujando con el cuerpo en un mapa -que tal vez se termine asemejando a una telaraña, a una constelación, o a la foto precisa de los astros y las fuerzas del día en que nacimos-.
(A propósito de Giorgio Agamben, sobre el ejercicio instructivo que es "marcar en el mapa de la ciudad en la cual hemos vivido los itinerarios de nuestros movimientos, que revelan ser tenaz y casi obsesivamente constante. Es en la traza de eso en lo que hemos perdido nuestra vida donde acaso sea posible reencontrar nuestra forma-de-vida").

jueves, 13 de septiembre de 2012

Pozos profundos

Irene Suchocki

"Todos los pozos profundos viven con lentitud sus experiencias: tienen que aguardar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad".
                                                                                                              FNietzsche  

miércoles, 30 de junio de 2010

Para qué escribir



Escribir para ser otros. Para que la gestualidad de la letra dé cuerpo a un abismo en sí mismos. Un abismo que no es fondo, que no es una interioridad a conocer, sino un espacio que fundar. Lo profundo que nos habite será la relación que tenemos con el instante. Una intensidad en la relación de sí consigo. Un aprender a ver las cosas de otro modo, un dejar que las cosas se nos acerquen. Ser parte de la comunidad de los amigos de la distancia, aquellos que aman alejándose, que no aman más que separándose a lo lejos. Que forman parte de esa comunidad imposible, la de los amigos de la soledad. Escribir, entonces, para abismarse.

Escribir para hacer resbalar al papel la palabra que quedó pendida de los labios, que se alarga como lazo, dado que siempre se es el lazo que se teje. Aunque los pensamientos se encuentren a medio vestir o con ropas prestadas. Encontrarlos in fraganti, sorprenderlos. Y dejarlos. Que no es abandonarlos. Es cierto que a veces el verbo parece un impulso que patea al vacío. Pero no hay vacío sino esto que vamos haciendo de nosotros mismos. El alma al borde de los labios, entonces.

Escribir para comprender que no sólo decimos algo por su contenido, sino que éste se asocia caprichosamente a una manera de decir. Saber que estamos hechos de nuestras palabras y que el pensamiento -como la vida- nos atraviesa, que las preguntas nos interpelan a no asumir la triste conformidad de placeres y dolores a medias, la estática comodidad de aceptar sin más lo dado. Y para saber que la palabra que por pereza llamamos propia no es sino azar, tejido, encuentros, “entres”. Siempre de otro o para otro. O con otro. E independizarnos del impulso liberal de hacer de ella también objeto de la propiedad privada. Así, cuestionando el pronombre posesivo, cuestionar también el pronombre personal; “¿pero soy yo quien escribe?”. En la frontera, entonces, entre lo que somos y lo que decimos.

Escribir para escucharnos a nosotros mismos y narrarnos. Y entender que la confianza en las palabras no es confianza porque ellas estén fijas en significaciones, sino que es confianza porque ellas son productoras de diferencia. Escribir sin buscar transparencias, ni razones, sin esperar que el sentido surja de la concatenación lineal y bienpensada de las frases. No querer comprenderlo todo. Escribir para desatar el discurso de una verdad sobre nosotros mismos. Aprender a ser nuestros propios jueces, después de habernos dado la propia ley. Ser extranjero, entonces, en la propia lengua y un creador de verdades para sí mismo.

Escribir para devolverle el cuerpo al pensamiento, en la materialidad de la letra. Pero también devolver el desplazado, olvidado y degradado cuerpo al espíritu. No ser más sombras que buscan un cuerpo, sino un cuerpo/palabra, un cuerpo/otro, un cuerpo/alma. Cuerpos que unen lo eternamente separado, las palabras y las cosas.  Escribir para transitar el peligroso quizá. Comprender que somos seres de paso, en tránsito, que vinimos a ser otros. Entonces, una política de la verdad, una ética de la experiencia y una estética del paseo.

Escribir, entonces, para llegar a ser el que se es.

jueves, 24 de junio de 2010

Experiencia de sí estoica


"¿Qué hay de grande aquí abajo? ¿Cubrir los mares con nuestras flotas, plantar nuestras enseñas en las orillas del mar Rojo y, cuando ya no queda tierra para nuestras devastaciones, errar por el océano en busca de playas desconocidas? No: es haber visto todo este mundo con los ojos del espíritu, es haber obtenido el triunfo más hermoso, el triunfo sobre los vicios. Incontables son los hombres que se hicieron amos de ciudades y naciones enteras; pero ¡qué pocos lo fueron de sí mismos! ¿Qué hay de grande aquí abajo? Elevar el alma por encima de las amenazas y las promesas de la fortuna; no querer esperar de ésta nada que sea digno de nosotros. ¿Qué tiene ella, en efecto, que debamos anhelar, cuando nuestras miradas, al volver el espectáculo de las cosas celestes a la tierra, no encuentran en ésta más que tinieblas, como cuando se pasa de un claro día a la sombría noche de los calabozos? Lo grande es un alma firme y serena en la adversidad, que acepta todos los acontecimientos como si los deseara ¿No deberíamos desearlos, en efecto, si supiéramos que todo ocurre por los decretos de Dios? Lo grande es ver hacer a nuestros pies las saetas de la suerte; recordar que somos hombres; decirnos, si somos dichosos, que no lo seremos durante mucho tiempo. Lo grande es tener el alma al borde de los labios y presta a partir; entonces somos libres no por derecho de ciudadanía, sino por derecho de naturaleza"


SÉNECA

martes, 25 de agosto de 2009

Experiencias de lectura 2


Porque un libro puede ser leído, en principio, de dos maneras: como verdad o como experiencia. Cuando leemos como verdad, pasivamente aceptamos sus afirmaciones como dogmas, quedamos colocados en una situación jerárquica donde “el saber” nos es extraño, y a la deriva de las “buenas” explicaciones o descripciones del autor, para que podamos comprender aquella verdad. En cambio, si leemos un libro como experiencia, cuestionamos y modificamos la relación que establecemos con la verdad. Nos entregamos al vaivén de la lectura, entramos en diálogo y construimos, entre nosotros y el libro, un nuevo lenguaje, que nos dice o nos nombra.
La experiencia de la lectura es, a la vez, una experiencia de pensamiento. Una experiencia de la cual se salga otro, transformado, ya no el mismo, sino diferente.
Una experiencia en donde no importa tanto el contenido de aquello que se lee, sino la relación que establecemos con aquello que dice, lo que nos provoca a pensar lo impensado, a arriesgar un pensamiento imprevisto, aquello que interpela a pensar nuevamente lo que hasta un momento se tiene por cierto.

martes, 18 de agosto de 2009

experiencias de lectura

(Sandro del Prete)

¿Qué es leer sino ese espacio entre lo uno y lo otro, esa bisagra que nos une y nos separa, esa nueva forma que somos juntos? ¿Qué es la lectura, sino perderse en lo Otro, en el Otro, y quedar ya, nuestro sí mismo, atravesado por nuestra diferencia? Desde este lugar es que decimos que siempre leemos lo im-posible, lo que no somos, lo que no esperamos, lo que no escribimos.

sábado, 25 de abril de 2009

de lenguaje y de juego


(Balthus)



Leer lo que nunca ha sido escrito

lo que está por decirse

en el intersticio de lo que se sabe y lo que no

entre un sí mismo y un otro



Escribir como leer

por vez primera

percibir, inesperadamente, una palabra a ser escrita

en la expectativa

un cierto esperar que no sabe lo que espera



Una experiencia del Otro como lenguaje o como juego

tareas confinadas a los niños

- esos otros que no hablan nuestra lengua- .




martes, 31 de marzo de 2009

todavía un niño


desde la piel-experiencia
todavía somos niños
no en el fondo de la memoria
ese hueco cavado al que nos reducimos

en el cuerpo llevamos un niño
en la boca
donde las palabras prontas a nombrar
buscan el territorio de lo imposible
decir lo que no ha sido dicho
también callar
lo que tiene al silencio como destino
foto: g. colbert

lunes, 16 de febrero de 2009

testimonio



Testimoniar la experiencia
donar con palabras la intensidad e insistencia
de quien está y se sabe
de paso.

martes, 11 de noviembre de 2008

La escritura de un pensar laberíntico: entre nos-otros

(Fragmento de "Entre la palabra y el abismo: habitar lo extraño en uno)




Una escritura-experiencia de la filosofía, que podemos inscribir en una lógica laberíntica y que no espera encontrar, sino perder el rostro, es una escritura que se instituye a partir de la diferencia, del principio de alteridad. Y es una filosofía tensional, en tanto su escritura se crea entre lo que se sabe y lo que no. Entre quien se es y lo otro que somos. Entre la interioridad y lo extraño. Las cosas, el mundo, los otros, hablan siempre una lengua diferente. Perder el rostro manifiesta esa tensión entre lo uno y lo otro, ese paseo de una filosofía tensional que hace de su escritura su carácter: en sus palabras tiene que quedar la huella del habitar de lo extraño en uno, la diferencia que se hace cuerpo, la discontinuidad respecto de nuestra mismidad.

Frente a la imagen de un pensamiento cuya lógica se reduce a la racionalidad argumentativa, nos preguntábamos si era posible otro filosofar, que no concluya en definiciones últimas, sino que por el contrario, abra el juego a nuevos posibles, un pensar que se constituya a partir del acontecimiento, y que las verdades a las que arribe sean pensadas siempre como verdades en tránsito. Para este pensar laberíntico, y para una escritura de este pensar se nos presenta también una subjetividad otra; no aquella que resulta garante del conocimiento (“en tanto me conozco a mí mismo, puedo conocer las cosas”, ya que no esperamos encontrarnos, sino perdernos). Una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que more y afirme el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Que se “abandone”, soltando las certezas sobre las que reposa; entregarse a las fuerzas del acontecer, y posicionarse otra vez respecto de ellas. Habitar en el “entre” nosotros y los otros; en un nos-otros: en tanto nos habita la diferencia, en tanto somos siempre otros para nosotros mismos en el devenir de nuestro pensamiento.

Una escritura-experiencia es siempre una escritura a otros, de otros y con otros; en la medida en que se da a partir de un diálogo con la alteridad. Una escritura-experiencia es un encuentro de diferencias que no se reduce a ninguna de ellas, ni es síntesis de contrarios, sino lo nuevo que desde allí mana. Lejos de fijar sentidos, al modo arquitectónico, se trata de una escritura que permite la generación de nuevos sentidos, que se instituye a partir del continuo movimiento del pensar. Es un pasar de sentidos a nuevos sentidos, y en este pasar la subjetividad se crea y recrea. Una escritura-experiencia posibilita figuras provisorias de la identidad, múltiples rostros que se van transformando a partir de las diferencias que se establecen consigo mismas en ese “abandono” al movimiento de un pensar no totalizante.

Invierte la relación de lo posible y lo real. Hace posible lo real. Una escritura-experiencia no busca legitimar lo que sabe a través de su lógica explicadora, en el intento de hacer real lo posible o un deber-ser; sino por el contrario, que lo real se haga posible. Tomar la realidad como punto de partida y abrir posibilidades, nuevos horizontes, no los previstos, puesto que no estamos buscando orientarnos en el pensamiento como cuando recorremos una ciudad con un mapa. Afirmar lo posible implica afirmarlo como enigma y como tránsito, como azar y como escucha. Como invención. Como encuentro.

La experiencia que va lo real a lo posible instaura nuevos órdenes, nuevas relaciones con los mapas, nuevas formas de jugar. Julio Cortázar en su Rayuela describía el juego entre la Maga y Oliveira diciendo en boca de este último: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. También podemos decirlo como Benjamín cuando escribe: «Importa poco no saber orientarse en un ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje». Picasso lo dijo así: “Yo no busco, encuentro”. Por último, podemos decirlo con Miguel Morey: “Si pasear es un proyecto por medio del cual se rompe con el mundo del proyecto es porque en él se busca lo que no se espera –se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando.”

sábado, 11 de octubre de 2008

La infancia que no es del otro


¿Por qué dejar de ser infantes? ¿Por qué nombrar las cosas con las palabras impuestas por otros? ¿No es la in-fancia esa condición en nosotras, niñas-adultas, y en todos, de no tener aún el lenguaje para nombrar lo nuevo que nos acontece? ¿No es propiamente ese intento de nombrar un mundo nuevo que aparece? ¿No es, ser infantes, nombrar las cosas con nuestras propias palabras, abrirnos mundo y mundos posibles con nuestras palabras-a-tientas? ¿No es relacionarnos de otro modo con el lenguaje, no es hablar sino en metáforas? ¿No es la infancia esa actitud de ver las cosas como si las viéramos por vez primera, cada vez? ¿O esa actitud que nos permiten que “nos pasen cosas”, en un mundo de adultos que pretenden controlar el futuro, sus relaciones, su vida, para no sufrir?

La infancia, la experiencia y lenguaje que nos habita, en el que co-habitamos: que nos atraviesen. Sigamos siendo permeables a que las cosas nos atraviesen, también el dolor, pero sin dejar que las cosas nos atraviesen ¿podemos ser felices? ¿Podemos encontrarnos con el otro que, desde su palabra, nos interpela?

viernes, 19 de septiembre de 2008

Semejanzas



Hoy leía con Walter Benjamin que la experiencia se basa en el don de producir y percibir semejanzas. Entonces pensé esas cosas que me pasan. Como sumar la lluvia a una canción, o las primeras noches de primavera a una velocidad. Un gesto a una palabra, o a los gatos. Un modo de decir al habla infantil o a la del poeta. Referir lo que leemos a un alguien, o lo que escribimos a un otro. Un intercesor: la semejanza entre lo que digo y el rostro expectante que se asoma a mi escritura; entre un pensamiento y un otro-sí-mismo.


Percibir y producir la semejanza entre los discursos y las prácticas: una política de la experiencia.


jueves, 24 de julio de 2008

flor-rizoma

Cuando escribimos creemos ser quienes lo hacemos. No sólo eso, relacionado con la imagen que tenemos de nosotros mismos -una individualidad, una unidad-, sino que además creemos ser los poseedores de nuestras palabras, una especie de liberalismo de la escritura, en donde también creemos en la propiedad intelectual. Pero resulta ser que nuestra escritura es siempre la escritura de otros, a otros, con otros; y nuestras lecturas, también las lecturas de otros, a otros y con otros. Cada vez que escribimos compartimos nuestras palabras con otras escrituras y lecturas, y nos reinventamos cada vez en ellas -no propiamente nuestras, sino de todos y de nadie, como una flor parásita de un árbol, como una flor-rizoma-. Escribir, como leer es una experiencia. Nos transforma. No somos los mismos después de leer aquello que nos dio que pensar, que nos obligó a nuevos sentidos, que nos dejó impávidos como gritos de asombro. Que nos hizo sonreir y sonreirnos a nosotros mismos, que nos crispó la piel, mientras aquello leído se nos volvió cuerpo. Escribir, como leer es un acontecimiento, que se da "entre" algo y nosotros, pero que no podemos adjudicárnoslo, apropiárnoslo, identificarlo con nosotros. Toma distancia respecto de quienes lo hacemos, cobra vida propia, nos mira desde otro lugar. Tiene que ver con nosotros, pero no es nosotros. Una experiencia, como sólo podría ponerle palabras Foucault en la Introducción a La arqueología del saber, cuando imagina su respuesta a un crítico de su libro que le formula la siguiente pregunta:

"- ¿No está usted seguro de lo que dice? ¿Va usted denuevo a cambar, a desplazarse en relación con las preguntas que se le hacen, a decir que las objeciones no apuntan realmente al lugar en que usted se pronuncia? ¿Se prepara usted a decir una vez más que nunca ha sido usted lo que se le reprocha ser? Se está preparando ya la salida que en su próximo libro le premitirá resurgir en otro lugar y hacer burla como la está haciendo ahora :"No, no, no estoy donde ustedes tratan de descubrirme sino aquí, de donde los miro, riendo".

- ¡Cómo! ¿Se imaginan ustedes que me tomaría el trabajo y tanto placer al escribir, y creen que me obstinaría, si no preparara -con mano un tanto febril- el laberinto por el que aventurarme, con mi propósito por delante, abriéndole subterráneos, sepultándolo lejos de sí mismo, buscándole desplomes que resuman y deformen su recorrido, laberinto donde perderme y aparecer finalmente a unos ojos que jamás volveré a encontrar? Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pegunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir."

martes, 24 de junio de 2008

Experiencia del "entre"


Tanto experienciar "entre", compré un libro (como cuando se aferra uno a algo que parece que va a nombrarnos, como cuando algo nos interpela y nos llama a un encuentro) y encontré estas palabras... que parecen mías y son mías y no, que iba a decirlas cuando las estaba leyendo, que estaban por ser escritas por mí cuando el libro me las adelantó... las ideas, las palabras, los pensamientos tampoco son "míos", ni de un "yo". También las ideas, las palabras, los pensamientos son "entre".

"Habitar en el "entre" es también morar el juego de las fuerzas, en el que no existen hilos fijados de antemano para seguir un trayecto, arriesgarse a la pérdida de toda propiedad de sí, de toda autonomía, de todo dominio. El "entre" deviene continua des-apropiación , en una configuración de la supuesta mismidad desde ese cruce de fuerzas con lo extraño, lo otro, que descubre que , de algún modo eso extraño ya estaba siempre en uno, morando, des-morándose.(...)
"Entre": morada provisoria de en lo extraño y de lo extraño (en uno); cruce de fuerzas que se forja como entre-cruzamiento que no espeja lo otro en lo mismo. El otro, el extraño, es un otro-en-uno-mismo que conserva cierta opacidad, siempre inaferrable. Res-guardo de la otredad que no puede ser apropiada."

(CRAGNOLINI, M. Moradas Nietzscheanas. Del sí mismo, del otro y del "entre".)






experiencia



domingo, 1 de junio de 2008

Una otra política del lenguaje


No somos individualidades dispersas. Sino singularidades conjugadas. Estamos atravesándonos unos a otros, rizomáticamente, y lo hemos predicado como amor y como odio, como cariño y como deseo, como rechazo. Ficciones de una identidad, cuando se trata de una metáfora para hablar de ese “entre” nosotros, aquello del orden del acontecimiento, una experiencia, irreductible al lenguaje del totalitarismo universalizante. Sólo podemos hablar de ese “entre” desde un lenguaje propio de la infancia, inventando, creando, develando las máscaras desde las que hablamos.

lunes, 28 de abril de 2008

paseo



“Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, -¡esto repugna siempre a mi gusto! Preferiría preguntar y someter a prueba a los caminos mismo” (NIETZSCHE, Friedrich. Así habló Zaratustra).
Entre mi pensamiento y mis pies
hoy no hay distancias que llenar
sino abismos que saltar.



Me sé de paso. Me sé transitoria, andante, transformándome en otras. Habito cada paso que doy, con un horizonte que no es una meta sino un paisaje. Los pasos caminan mi andar mientras devienen ríos, mares, montañas, cielos. En el pasar que se sabe de paso, no hay definiciones que delimitan un mundo, sino la apertura de mundos, las posibilidades que habitamos. La experiencia del cuerpo y las de las palabras, el atravesar y dejarse atravesar por una diferencia, hasta ya no ser quien se era. Entre nosotros y el mundo, la intimidad de este paseo. Como modo de existir. Con las máscaras y rostros que nos tomen, porque ¿podemos aún decir que somos uno y los mismos? Hablo del paseo como el ir de un yo al otro, como el estar parada en lo que cambia. Porque, ante todo, pasamos.
Miguel Morey, en un ensayo titulado Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin, señala el sentido que Benjamin da al paseo: como metáfora de la forma de la experiencia, puesto que implica un modo específico de relación entre el recuerdo, la atención y la imaginación; y lo propone como una especie de método para una experiencia de lo real, algo como un ethos frente a lo real, que se vuelve régimen de relación de uno mismo con uno mismo. Se trata de un método de quien está y se sabe de paso, opuesto al método arquitectónico que es espacial y estático, del cual Kant es el máximo exponente. Este pasar de lo que pasa, como metáfora de la forma y también como política de la experiencia, tiene su reivindicación en el contar y lo narrativo, en lo qué éste tiene de selección de qué es lo que cuenta en el pasar de lo que (nos) pasa, y de posibilidad de transmitir ese saber de una forma comunicable. En este sentido, en tanto seres de paso, la verdad es siempre un trance, y la posibilidad que hay de comunicarla en tanto que trance, es la narración.
Una política de la experiencia implica restaurar la dignidad de la experiencia, y esto requiere, según Morey, por un lado, la ausencia de intencionalidad, que se opone al plan arquitectónico que pretende edificar, en términos filosóficos, “orientarse en el pensamiento”, sin perderse, teniendo el pensamiento bajo control. En segundo lugar, el perderse tiene que ver con aquel paseo que es siempre un primer paseo, por tanto también con la novedad de un pensamiento mientras se encuentra con lo impensado. En tercer lugar, implica una voluntad atenta a romper con toda voluntad de reconocimiento y con la apertura a la posibilidad del encuentro. Si pasear es romper con la posibilidad del proyecto, es porque en él se busca lo que no se espera “se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando”. Se trata de la captura del instante o de los rostros del instante, que atestiguan lo que no pertenece a la representación (a esto llama Benjamin la “experiencia del aura”).
Así, la experiencia es aquello que nos da que pensar, que pone en movimiento el pensamiento, que nos provoca y coloca frente a nosotros mismos, ante la pregunta “¿qué hacer ante..?” y en este movimiento del pensar aparece la puesta en escena del lenguaje que intenta decir, narrar, contar la experiencia del pasar de lo que pasa. En este sentido es interesante rescatar, para el vínculo entre experiencia, lenguaje e infancia, cómo concluye Morey con Kantspromenade, haciendo referencia a que “el Paseante siempre pasea con un niño, es siempre el niño que fuimos quien pasea”.

domingo, 27 de abril de 2008

Filosofía y amistad. Situarnos en la experiencia


En la cotidianeidad de nuestra vida, la experiencia es algo que desaparece, dando lugar a un cúmulo de acontecimientos dispersos, poco más o menos entretenidos, que no logran modificarnos enteramente. Tener una experiencia precisa apertura y no cierres o límites, fluidez y no vorágine, la posibilidad de lo nuevo, no la repetición.
La expropiación de la experiencia, según el filósofo italiano Giorgio Agamben, ya se encontraba en el proyecto de la ciencia moderna. Así, la experiencia que se encuentra espontáneamente se le llama “caso”, y aquella buscada, “experimento”. El punto es que un experimento difiere bastante de una experiencia, ya que esta última no puede preverse, no es susceptible de repetición, como sí lo es el experimento, cuyo fin es encontrar una regla general. Por el contrario, la experiencia es única, singular, y el solo intento de repetirla acabaría con su singularidad. La experiencia, entonces, como aquello que acontece sin más, se sitúa casi en los límites del lenguaje, allí donde todavía no podemos hablar, se trata de una in-fancia del pensamiento, en el sentido más literal de la palabra (la infancia etimológicamente se refiere al hecho de aún no hablar, no poseer lenguaje).
La fuerza del pensamiento se pone en movimiento a partir de la novedad que la experiencia le aporta. Recién entonces nos convertimos en un sujeto de lenguaje. Claro que no ocurre esto cuando nuestro hablar es un mero repetir, sin habernos apropiado de las palabras que hacemos nacer.
Así como la experiencia se ha extranjerizado de nuestra cotidianidad, del mismo modo lo ha hecho de diversas disciplinas, y el conocimiento parece más ligado a la repetición de lo mismo que a dar lugar a la diferencia.
Para pensar un vínculo entre experiencia y filosofía, sugerimos hacerlo desde la idea de amistad.

Cuando hablamos de amistad, de algún modo hablamos de nuestra posibilidad de elegir a quienes queremos en nuestra cercanía, a quienes reclamamos la presencia o la adyacencia de nuestra propia vida. Es una posibilidad única, si pensamos en la contingencia de las relaciones personales, la familia, los padres, los hermanos, los compañeros de trabajo. En cualquier caso, las relaciones nos marcan y nos transforman. ¿Hasta que punto seríamos estos, quienes somos, si no fuera por quienes nos rodearon y rodean? ¿Cómo podríamos afirmar que siempre hemos sido los mismos (o que siempre hemos sido iguales), y no hemos sido modificados, revolucionados en el codo a codo con otro, o con otros?
Elegir a otro, ir en busca de la alteridad, implica buscar la diferencia. Una diferencia respecto de nosotros. ¿Y para qué quisiéramos buscar una diferencia? En la diferencia, en el otro que es distinto de mí, encuentro la posibilidad de lo nuevo, de lo que desconozco, de aquello que viene a mí interpelándome. Se trata de situarse en la novedad que aporta la experiencia, en la posibilidad de un encuentro en el más profundo de los sentidos: dos miradas que se reconocen; y esto necesita de una actitud, una disposición, un ethos.
Nietzsche, en su libro Así habló Zaratustra, pone de relieve esta diferencia que el amigo es respecto del sí mismo, y con ello la posibilidad de un diálogo:
“Uno siempre a mi alrededor es demasiado” – así piensa el eremita. “Siempre uno por uno - ¡da a la larga dos!”
Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehemencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo?
Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad.”
Si bien marca en principio una diferencia entre el “yo” y el “mí” (y aquí podríamos ver dos sujetos, un sujeto de lenguaje que dice “yo” y un sujeto de experiencia al que algo le acaece, “a mí”), nos interesa ver esta línea que traza con el amigo, que es éste quien hace salir de las profundidades la palabra y el diálogo, el que muestra la diferencia, el tercero.
La palabra “filosofía”, guarda para sí en su raíz a la amistad. Aristóteles lo señala al decir: “amigo de Platón, pero más amigo de la sabiduría”. Y esta amistad con la sabiduría muchas veces ha sido entendida desde una perspectiva de carencia, de falta. Deseamos aquello que no tenemos o aquello que está prohibido. Ambas respuestas, vinculadas al platonismo y el psicoanálisis, están examinadas desde el ángulo del sujeto y del objeto, desde la categoría de causalidad e implican y mantienen un dualismo en las cosas. Para Lyotard este dualismo no permite afrontar seriamente el problema. Philein, es desear, amar. Pero para Lyotard la filosofía no tiene deseos particulares (la sabiduría, el conocimiento), sino que es el deseo que tiene a la filosofía, como tiene cualquier cosa. En una conferencia dictada en la Sorbona, el filósofo dice:
“Los filósofos no inventan sus problemas, no están locos, al menos en el sentido de que hablan. Quizá lo sean –pero entonces no más que cualquiera- en el sentido de que “ça vent à travers eux” (una voluntad les traspasa) están poseídos, habitados por el sí y el no. Es el movimiento del deseo el que, una vez más, mantiene unido lo separado o separado lo unido; éste es el movimiento que atraviesa la filosofía y sólo abriéndose a él se filosofa”.
Abriéndose al deseo se filosofa, dando lugar a que acontezca el deseo, se halla la experiencia de la filosofía. Pero esta experiencia se da a partir de la separación, de la diferencia, de la novedad. La unidad tan solo se da en la separación, siempre con la mediación del uno a través del otro. Es el movimiento de lo uno que busca lo otro. Desde aquí retomamos la idea de amistad del comienzo. La amistad que nos posibilita elegir la adyacencia de alguien a través del cual nos manifestamos.
El amigo de la sabiduría puede ser pensado entonces como alguien atravesado por un querer (philein) filosofar. Abrirnos al deseo que co-habita con la filosofía, es dejar que se haga presente la fuerza del pensamiento. Dar lugar a una experiencia de pensamiento, y abrirse también a la diferencia respecto de nosotros mismos, a una transformación.
La experiencia del encuentro

“andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
(Julio Cortázar, Rayuela)

Mencionamos una experiencia como aquel acontecimiento que interrumpe el curso “natural” de las cosas, un alto, una interpelación, una irrupción de lo inesperado, algo no previsto, que nos acontece, que nos llama a pensarlo.

El encuentro es la posibilidad de que algo aparezca ante nosotros, se nos manifieste, tengamos la fugaz posibilidad de tenerlo. Pero implica también la posibilidad de un reconocerse: verse en lo otro, buscarse en la diferencia que puede compartirse, encontrarse a sí mismo en aquello encontrado.
Creo y quiero pensar que el encuentro no es el encontrar lo que estamos buscando, ya que sería simplemente ir en busca de algo que sabemos lo que es. Me tienta más pensar la experiencia del encuentro como aquello que puede aparecer ante mí, o que puede “pasarme” sin esperarlo. Que puede modificar mi rumbo, que puede transformarme. Dos vías que se cruzan. Mirarnos y sabernos. Una oportunidad de no ser siempre sola. Recuerdo encuentros que han sido posibilitadores de otros yoes. Con amigos, intercesores, en sueños, entre yo y mí, con ideas, con palabras…

domingo, 6 de abril de 2008

Filosofía de la incertidumbre (abreviado)

Silvana Vignale
¿Qué dicen mis palabras de mí a partir de sus palabras?


Podemos escribir y podemos leer de modos diferentes. Nuestro vínculo con la escritura y la lectura nos invitan a distintos modos de relacionarnos con los textos. Foucault problematiza esta relación con la escritura, y dice que puede escribirse un libro como verdad o como experiencia[1]. Un libro como verdad es escrito cuando se cree poseer una verdad que puede ser transmitida, cuando se piensa desde los fundamentos últimos de la filosofía, que instituyen la preexistencia de una verdad fuera del tiempo y la historia, un más allá de toda palabra y de todo cuerpo, una condición para un pensar que se debate entre la “moral de la culpa” y el “pensamiento correcto”.
Un libro como experiencia, es aquel, que, en cambio, se escribe a partir de lo que se está por decir, sobre aquello que nos llama a pensarlo, la escritura comienza cuando hay algo que no es nuestro, que no poseemos. Una escritura como experiencia no tiene caminos certeros, no se sabe en su destino. Entonces, en esta relación con la escritura estamos involucrados por completo. Saldremos otros, transformados. No se tratará de afirmar una verdad, sino de modificar, poner en cuestión, problematizar, la relación que mantenemos con ella. Se trata de un aprender a desaprender una relación con el saber totalizante que nos es impuesto como meta a alcanzar, un deseo exterior, puesto fuera para ser satisfecho. La escritura como experiencia implica otro deseo de saber, no una posesión, sino un encuentro, no un desear lo que no se tiene o lo prohibido, sino un acontecimiento. El lenguaje como experiencia es entonces el de la palabra como acontecimiento del pensar, como la novedad que surge de la diferencia.
En Nietzsche podemos encontrar esta última relación con la escritura, pero además de hacer de la escritura una experiencia, es alguien con quien podemos relacionarnos íntimamente, si hay entre él y nosotros una afinidad, algo que nos convoca, un encuentro en el pensar, un asentir a una actitud filosófica singular. Es que Nietzsche no escribe libros. No encontramos en su escritura la linealidad del libro: aquello que comienza y tiene fin, aquello que se construye como sistema, aquello que va de lo particular a lo universal. Más bien hay en su pensamiento el encuentro de multiplicidades, una singularidad por decirse, una transgresión al lenguaje instituido para fundarse en otra relación con la palabra, que le permite ser instituyente, crear nuevos órdenes, multiplicar las miradas, hacer sonar las palabras de otro modo. No usa conceptos que cierran el sentido, sino más bien imágenes que abren a la pluralidad, que nos hacen relacionar con el cuerpo de la palabra, con el cuerpo entero, con los ojos que ven con muchos ojos –cuando el mirar es siempre mirar abismos- y los oídos que no pueden oír más que lo que su experiencia les regala; con la boca, ese lugar pronto a la comida y la palabra, al igual que el estómago.
El pensamiento de Nietzsche es como un mapa. Y leer Nietzsche es una invitación a entrar en un territorio de muchos caminos, pues un mapa es susceptible de entrar por cualquier lado, y cualquier camino nos lleva a cualquier otro. No hay linealidad. Deleuze diría que es un pensamiento rizomático. Para leer a Nietzsche no hace falta comenzar por una de sus obras, ni siquiera por el principio de algún libro. No hay principio en la filosofía, tampoco en su escritura.
Leer Nietzsche es entonces una invitación a transitar los caminos de la singularidad y del acontecimiento, una invitación a abismarse en un pensamiento que nos interpela en quienes vamos siendo, una provocación a pensarnos otra vez, a partir de su ironía. Nos invita a una profundidad donde nos tocamos con nuestra sombra, a la intensidad del instante que nos interpela a pensarnos en un tiempo diferente, desde los sentidos que nos vamos dando en nuestro decirnos. Siempre en una cuerda tensa, como la del arco y la lira, en la cual no se busca y se encuentra, se escribe, pero en realidad se lee, se entrega a la pasión –la fuerza del fuego, pero también el padecer de la entrega a lo que viene- al tiempo que se vuelve acción, cuando toma la palabra para crearse a sí mismo. La imagen de Escher puede ayudarnos a pensarlo: se trata de la mano del dibujante que se dibuja a sí misma. Pero esa mano que toma el lápiz no es meramente la propia mano, sino la mano que responde a un juego de fuerzas, a los dados arrojados que afirman un destino, a un robo de máscaras.
Su palabra hiere, su palabra cura. La vida viene besada por el dolor para dar lugar a ser el que se es. La proximidad de su pensamiento es la lejanía con nosotros mismos.
Lo característico del pensamiento nietzscheano es el método del paseante, como metáfora de la forma misma de la experiencia, pues va hacia una experiencia de lo real, hacia una actitud filosófica como tránsito. Es la experiencia del cuerpo, de la palabra y el pensamiento como habitar el pasar de lo que pasa, como salir al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando. Es el ir de un alma a otra, un pasaje, un estar parado en lo que cambia, una mutación en el paisaje. Se trata de poner en valor la fugacidad, la dignidad de lo singular, lo fugitivo, lo transitorio, lo efímero, lo contingente. Es siempre un niño quien pasea.[2]
En el pasar que se sabe de paso, no hay una afirmación que delimite un mundo, sino la puerta a la multiplicidad de mundos, de cada uno de los posibles mundos que habitamos. Se trata de hacer posible lo real. El paseo es la proximidad que mantenemos con las cosas en su distancia, la posibilidad de ir diciéndolas y paladeándolas.
La transfugacidad del pensamiento de Nietzsche nos provoca un ser en el caminar, un no caminar hacia horizontes, sino mordernos los pies en cada paso, nos extranjerizamos en su lectura, nos invita a ser otros en tierras desconocidas, a afincar en nuevas hondonadas, a lanzarnos al vacío como águilas en su planeo al infinito. A hospedarnos en las palabras del otro que somos, a hablar una lengua nueva, a hablar como niños que aprenden, cada vez, a hablar.
¿Cuántas almas nos habitan, cuántos soles nos queman, cuántas palabras para afirmarnos a nosotros mismos, para querer lo que somos? ¿Quién es aquí la que hace preguntas?


[1] Por ejemplo, pueden verla en una entrevista con D. Tromabadori. “Entretien avec Michel Foucault”. In: Dits et Écrits. Paris: Gallimard, 1994/1978, p. 41-95.

[2] MOREY, Miguel. Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin. Barcelona, La Central, 2004.