HYPOMNEMATA

Los hypomnemata eran cuadernos de escritura: en ellos se encontraban citas, fragmentos de escrituras o pensamientos del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas, pensadas, y se atesoraban en esas páginas desordenadas, heterogéneas. Se trataba de un ejercicio en el pensamiento que no tenía como fin el decir lo indecible, sino captar lo ya dicho, de reunir lo leído. Eran escrituras sobre lecturas, y el fin de las mismas, la constitución de sí mismo. Era una escritura que posibilitaba la transformación de la verdad que nos damos a nosotros mismos. Una escritura que constituía con las propias palabras y las de otros un "cuerpo", como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad.







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martes, 14 de enero de 2020


"Quien lee renuncia a la libertad de dirigir aquello por lo que sufre. Se somete a la univocidad de una argumentación o a lo arbitrario de una intriga. Se entrega por entero al proyecto que otro ha concebido. Como esta servidumbre propia a la práctica de la lectura obra de modo que el orden en el que se mantiene uno mismo se convierte en el orden de otro, remite a las nociones de obediencia y fidelidad.
La obediencia nos dispensa de buscar las razones de las órdenes que se nos dan o de los impulsos que se nos adjudican.
La sumisión de la fidelidad requiere la ceguera voluntaria, la mortificación de los propios deseos, el abandono de la voluntad, la destrucción de la idea de uno mismo.
Quiero leer. Quiero someter a la ley que me prohíbe ser yo. Quiero abrazar una orden por la prescripción de un ausente, de un antiguo, de un otro profundamente otro, de un muerto inmensamente muerto".
Pascal Quignard

martes, 25 de agosto de 2009

Experiencias de lectura 2


Porque un libro puede ser leído, en principio, de dos maneras: como verdad o como experiencia. Cuando leemos como verdad, pasivamente aceptamos sus afirmaciones como dogmas, quedamos colocados en una situación jerárquica donde “el saber” nos es extraño, y a la deriva de las “buenas” explicaciones o descripciones del autor, para que podamos comprender aquella verdad. En cambio, si leemos un libro como experiencia, cuestionamos y modificamos la relación que establecemos con la verdad. Nos entregamos al vaivén de la lectura, entramos en diálogo y construimos, entre nosotros y el libro, un nuevo lenguaje, que nos dice o nos nombra.
La experiencia de la lectura es, a la vez, una experiencia de pensamiento. Una experiencia de la cual se salga otro, transformado, ya no el mismo, sino diferente.
Una experiencia en donde no importa tanto el contenido de aquello que se lee, sino la relación que establecemos con aquello que dice, lo que nos provoca a pensar lo impensado, a arriesgar un pensamiento imprevisto, aquello que interpela a pensar nuevamente lo que hasta un momento se tiene por cierto.

martes, 18 de agosto de 2009

experiencias de lectura

(Sandro del Prete)

¿Qué es leer sino ese espacio entre lo uno y lo otro, esa bisagra que nos une y nos separa, esa nueva forma que somos juntos? ¿Qué es la lectura, sino perderse en lo Otro, en el Otro, y quedar ya, nuestro sí mismo, atravesado por nuestra diferencia? Desde este lugar es que decimos que siempre leemos lo im-posible, lo que no somos, lo que no esperamos, lo que no escribimos.

jueves, 16 de julio de 2009



¿Y si las historias para niños fueran
de lectura obligatoria para los adultos?
¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que,
desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?


(José Saramago)

sábado, 25 de abril de 2009

de lenguaje y de juego


(Balthus)



Leer lo que nunca ha sido escrito

lo que está por decirse

en el intersticio de lo que se sabe y lo que no

entre un sí mismo y un otro



Escribir como leer

por vez primera

percibir, inesperadamente, una palabra a ser escrita

en la expectativa

un cierto esperar que no sabe lo que espera



Una experiencia del Otro como lenguaje o como juego

tareas confinadas a los niños

- esos otros que no hablan nuestra lengua- .




sábado, 7 de marzo de 2009

Ampliaciones

(En Walter Benjamin, Dirección única, Madrid, Alfaguara, 1987)

Lo que sigue solamente puede ser dado a leer. A quienes puedan recordar esa perspectiva infantil, a quienes todavía la conserven.



NIÑO LEYENDO



En la biblioteca escolar te dan un libro. El reparto se efectúa en los cursos elementales. Sólo de vez en cuando te atreves a formular un deseo. A menudo ves con envidia cómo los libros ardientemente deseados van a parar a otras manos. Por fin te traían e tuyo. Durante una semana quedabas totalmente a merced de los vaivenes del texto que, suave y misterioso, denso e incesante, te iba envolviendo como un torbellino de nieve. En él entrabas con una confianza ilimitada. ¡Silencio del libro, cuyo poder de seducción era infinito! Su contenido no era tan importante. Pues la lectura coincidía aún con la época en que tú mismo inventabas en la cama tus propias historias. El niño intenta seguir sus trazas ya medio borradas. Se tapa los oídos al leer, su libro descansa sobre la mesa, demasiado alta, y una de las manos está siempre encima de la página. Para él, las aventuras del héroe se han de leer todavía entre el torbellino de las letras, como figura y mensaje entre la agitación de los copos. Respira el mismo aire de los acontecimientos, y todos los personajes le empañan con su aliento. Entre ellos se pierde con mucha más facilidad que un adulto. Las aventuras y las palabras intercambiadas le afectan a un grado indecible, y, al levantarse, está enteramente cubierto por la nieve de la lectura.



NIÑO QUE LLEGA TARDE



El reloj del patio del colegio parece estropeado por su culpa. Daba “las demasiado tarde”. Y por las puertas de las aulas ante las que él se desliza sigilosamente, llega, hasta el pasillo, un murmullo de secretos conciliábulos. Allí detrás, maestros y alumnos son amigos. O bien todo guarda silencio, como en espera de alguien. Imperceptiblemente pone su mano en el pomo. El sol inunda el lugar donde él está. Y él profana el joven día y abre. Oye matraquear la voz del maestro como la rueda de un molino; se halla ante la piedra de moler. El matraqueo de la voz mantiene un ritmo, pero los mozos molineros lanzan ya toda su carga sobre el recién llegado; diez, veinte pesados sacos vuelan hacia él, y tiene que cargarlos hasta el banco. Cada hilo de su abriguito está cubierto de polvo blanco. Como un alma en pena a media noche avanza haciendo ruido a cada paso, pero nadie le ve. Una vez en su sitio, se pone a trabajar en silencio, junto con los demás, hasta que toca la campana. Mas no encuentra dicha alguna.






NIÑO GOLOSO


Por la rendija de la despensa, apenas entreabierta, penetra su mano como un amante en la noche. Una vez hecha a la oscuridad, busca a tientas azúcar o almendras, pasas o confituras. Y así como el amante abraza a su amada antes de besarla, también el tacto tiene aquí una cita con estas golosinas antes de que la boca saboree su dulzor. ¡Con qué zalamería se entregan la miel, los montoncillos de pasas e incluso el arroz a la mano! ¡Qué encuentro tan apasionado en de estos dos, libres al fin de la cuchara! Agradecida y fogosa, como si la hubieran raptado de la casa paterna, la mermelada de fresas se rinde sin panecillo, dejándose saborear a la intemperie, como quien dice, y hasta la mantequilla responde con ternura a las audacias de ese pretendiente que ha interrumpido en la alcoba a la doncella. La mano, joven Don Juan, no tarda en penetrar en todas las celdas y los aposentos, dejando tras de sí un reguero de frascos y montoncillos derramados: virginidad que se renueva sin quejarse.

NIÑO MONTADO EN EL TIOVIVO



La plataforma con los solícitos animales gira casi a ras del suelo. Tiene la altura ideal para soñar que se está volando. Ataca la música, y el niño se aleja, dando tumbos, de su madre. Al principio tiene miedo de abandonarla. Pero luego advierte lo fiel que es a sí mismo. Cual fiel soberano, gobierna desde su trono un mundo que le pertenece. En la tangente, árboles e indígenas hacen calle. De pronto, en algún oriente, reaparece la madre. De la selva virgen surge luego la copa de un árbol tal como el niño la vio hace ya milenios, tal como acaba de verla ahora en el tiovivo. Su animal le tiene afecto: cual mudo Arión va el niño montado en su pez mudo, un toro-Zeus de madera lo rapta como a una Europa inmaculada. Hace ya tiempo que el eterno retorno de todas las cosas se ha vuelto sabiduría infantil, y la vida, una antiquísima embriaguez de dominio con el estruendoso organillo en el centro, cual tesoro de la corona. Al tocar éste lentamente, el espacio empieza a tartamudear y lo árboles, a volver en sí. El tiovivo se convierte en terreno inseguro. Y aparece la madre, ese poste tantas veces abordado, en torno al cual el niño, al tocar tierra, enrolla la amarra de sus miradas.



NIÑO DESORDENADO


Cada piedra que encuentra, cada flor arrancada y cada mariposa capturada son ya, para él, el inicio de una colección, y todo cuanto posee constituye una colección sola y única. En él revela esta pasión su verdadero rostro, esa severa mirada india que sigue ardiendo en los anticuarios, investigadores y bibliófilos, sólo que con un brillo turbio y maniático. No bien ha entrado en la vida, es ya un cazador. Da caza a los espíritus cuyo rastro husmea en las cosas; entre espíritus y cosas se le van los años en los que su campo visual queda libre de seres humanos. Le ocurre como en los sueños: no conoce nada duradero, todo le sucede, según él, le sobreviene, le sorprende. Sus años de nomadismo son horas en la selva del sueño. De allí arrastra la presa hasta su casa para limpiarla, conservarla, desencantarla. Sus cajones deberán ser arsenal y zoológico, museo del crimen y cripta. “Poner orden” significaría destruir un edificio lleno de espinosas castañas que son manguales, de papeles de estaño que son tesoros de plata, de cubos de madera que son ataúdes, de catáceas que son árboles totémicos y céntimos de cobre que son escudos. Ya hace tiempo que el niño ayuda a ordenar el armario de ropa blanca de la madre y la biblioteca del padre, pero en su propio coto de caza sigue siendo aún el huésped inestable y belicoso.

NIÑO ESCONDIDO



Ya conoce todos los escondrijos del piso y vuelve a ellos como a una casa donde se está seguro de encontrarlo todo como antes. Siente el palpitar de su corazón. Contiene la respiración. Aquí está encerrado en el mundo de la materia, que le resulta prodigiosamente claro y se le acerca sin palabras. Del mismo modo, sólo entiende lo que son cuerda y madera aquél a quien van a ahorcar. El niño, de pie tras la antepuerta, se vuelve él mismo algo flotante, un fantasma. La mesa del comedor bajo la cual se ha acurrucado lo transforma en el ídolo de madera del templo cuyas columnas son las cuatro patas talladas. Y detrás de la puerta será él mismo puerta, se la pondrá como una máscara pesada y, cual sacerdote-brujo, hechizará a todos lo que entren desprevenidos. No deberán encontrarlo en ningún caso. Cuando hace muecas le dicen que bastaría con que le reloj diera a hora para que él se quedara así. Lo que hay de cierto en ello lo sabe él en su escondite. Quien lo descubra, podrá dejarlo convertido en ídolo bajo la mesa, entretejerlo como fantasma en la cortina, para siempre, o encerrarlo de por vida en la pesada puerta. Por eso, cuando alguien que lo anda buscando le echa mano, él deja escapar, dando un fuerte alarido, al demonio que lo había transformado en todo aquello para que no lo encontrasen; por eso ni siquiera aguarda aquel momento, sino que se adelanta a él con un chillido de autoliberación. Por eso no se cansa de luchar con el demonio. El piso es, a todo esto, el arsenal de máscaras. Pero una vez al año hay regalos ocultos en lugares misteriosos, en las vacías cuencas de sus ojos, en su boca petrificada. La experiencia mágica se vuelve ciencia. Y, como su ingeniero, el niño deshace el encanto de la lóbrega casa paterna y busca los huevos de Pascua.





domingo, 6 de abril de 2008

Filosofía de la incertidumbre (abreviado)

Silvana Vignale
¿Qué dicen mis palabras de mí a partir de sus palabras?


Podemos escribir y podemos leer de modos diferentes. Nuestro vínculo con la escritura y la lectura nos invitan a distintos modos de relacionarnos con los textos. Foucault problematiza esta relación con la escritura, y dice que puede escribirse un libro como verdad o como experiencia[1]. Un libro como verdad es escrito cuando se cree poseer una verdad que puede ser transmitida, cuando se piensa desde los fundamentos últimos de la filosofía, que instituyen la preexistencia de una verdad fuera del tiempo y la historia, un más allá de toda palabra y de todo cuerpo, una condición para un pensar que se debate entre la “moral de la culpa” y el “pensamiento correcto”.
Un libro como experiencia, es aquel, que, en cambio, se escribe a partir de lo que se está por decir, sobre aquello que nos llama a pensarlo, la escritura comienza cuando hay algo que no es nuestro, que no poseemos. Una escritura como experiencia no tiene caminos certeros, no se sabe en su destino. Entonces, en esta relación con la escritura estamos involucrados por completo. Saldremos otros, transformados. No se tratará de afirmar una verdad, sino de modificar, poner en cuestión, problematizar, la relación que mantenemos con ella. Se trata de un aprender a desaprender una relación con el saber totalizante que nos es impuesto como meta a alcanzar, un deseo exterior, puesto fuera para ser satisfecho. La escritura como experiencia implica otro deseo de saber, no una posesión, sino un encuentro, no un desear lo que no se tiene o lo prohibido, sino un acontecimiento. El lenguaje como experiencia es entonces el de la palabra como acontecimiento del pensar, como la novedad que surge de la diferencia.
En Nietzsche podemos encontrar esta última relación con la escritura, pero además de hacer de la escritura una experiencia, es alguien con quien podemos relacionarnos íntimamente, si hay entre él y nosotros una afinidad, algo que nos convoca, un encuentro en el pensar, un asentir a una actitud filosófica singular. Es que Nietzsche no escribe libros. No encontramos en su escritura la linealidad del libro: aquello que comienza y tiene fin, aquello que se construye como sistema, aquello que va de lo particular a lo universal. Más bien hay en su pensamiento el encuentro de multiplicidades, una singularidad por decirse, una transgresión al lenguaje instituido para fundarse en otra relación con la palabra, que le permite ser instituyente, crear nuevos órdenes, multiplicar las miradas, hacer sonar las palabras de otro modo. No usa conceptos que cierran el sentido, sino más bien imágenes que abren a la pluralidad, que nos hacen relacionar con el cuerpo de la palabra, con el cuerpo entero, con los ojos que ven con muchos ojos –cuando el mirar es siempre mirar abismos- y los oídos que no pueden oír más que lo que su experiencia les regala; con la boca, ese lugar pronto a la comida y la palabra, al igual que el estómago.
El pensamiento de Nietzsche es como un mapa. Y leer Nietzsche es una invitación a entrar en un territorio de muchos caminos, pues un mapa es susceptible de entrar por cualquier lado, y cualquier camino nos lleva a cualquier otro. No hay linealidad. Deleuze diría que es un pensamiento rizomático. Para leer a Nietzsche no hace falta comenzar por una de sus obras, ni siquiera por el principio de algún libro. No hay principio en la filosofía, tampoco en su escritura.
Leer Nietzsche es entonces una invitación a transitar los caminos de la singularidad y del acontecimiento, una invitación a abismarse en un pensamiento que nos interpela en quienes vamos siendo, una provocación a pensarnos otra vez, a partir de su ironía. Nos invita a una profundidad donde nos tocamos con nuestra sombra, a la intensidad del instante que nos interpela a pensarnos en un tiempo diferente, desde los sentidos que nos vamos dando en nuestro decirnos. Siempre en una cuerda tensa, como la del arco y la lira, en la cual no se busca y se encuentra, se escribe, pero en realidad se lee, se entrega a la pasión –la fuerza del fuego, pero también el padecer de la entrega a lo que viene- al tiempo que se vuelve acción, cuando toma la palabra para crearse a sí mismo. La imagen de Escher puede ayudarnos a pensarlo: se trata de la mano del dibujante que se dibuja a sí misma. Pero esa mano que toma el lápiz no es meramente la propia mano, sino la mano que responde a un juego de fuerzas, a los dados arrojados que afirman un destino, a un robo de máscaras.
Su palabra hiere, su palabra cura. La vida viene besada por el dolor para dar lugar a ser el que se es. La proximidad de su pensamiento es la lejanía con nosotros mismos.
Lo característico del pensamiento nietzscheano es el método del paseante, como metáfora de la forma misma de la experiencia, pues va hacia una experiencia de lo real, hacia una actitud filosófica como tránsito. Es la experiencia del cuerpo, de la palabra y el pensamiento como habitar el pasar de lo que pasa, como salir al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando. Es el ir de un alma a otra, un pasaje, un estar parado en lo que cambia, una mutación en el paisaje. Se trata de poner en valor la fugacidad, la dignidad de lo singular, lo fugitivo, lo transitorio, lo efímero, lo contingente. Es siempre un niño quien pasea.[2]
En el pasar que se sabe de paso, no hay una afirmación que delimite un mundo, sino la puerta a la multiplicidad de mundos, de cada uno de los posibles mundos que habitamos. Se trata de hacer posible lo real. El paseo es la proximidad que mantenemos con las cosas en su distancia, la posibilidad de ir diciéndolas y paladeándolas.
La transfugacidad del pensamiento de Nietzsche nos provoca un ser en el caminar, un no caminar hacia horizontes, sino mordernos los pies en cada paso, nos extranjerizamos en su lectura, nos invita a ser otros en tierras desconocidas, a afincar en nuevas hondonadas, a lanzarnos al vacío como águilas en su planeo al infinito. A hospedarnos en las palabras del otro que somos, a hablar una lengua nueva, a hablar como niños que aprenden, cada vez, a hablar.
¿Cuántas almas nos habitan, cuántos soles nos queman, cuántas palabras para afirmarnos a nosotros mismos, para querer lo que somos? ¿Quién es aquí la que hace preguntas?


[1] Por ejemplo, pueden verla en una entrevista con D. Tromabadori. “Entretien avec Michel Foucault”. In: Dits et Écrits. Paris: Gallimard, 1994/1978, p. 41-95.

[2] MOREY, Miguel. Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin. Barcelona, La Central, 2004.