HYPOMNEMATA

Los hypomnemata eran cuadernos de escritura: en ellos se encontraban citas, fragmentos de escrituras o pensamientos del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas, pensadas, y se atesoraban en esas páginas desordenadas, heterogéneas. Se trataba de un ejercicio en el pensamiento que no tenía como fin el decir lo indecible, sino captar lo ya dicho, de reunir lo leído. Eran escrituras sobre lecturas, y el fin de las mismas, la constitución de sí mismo. Era una escritura que posibilitaba la transformación de la verdad que nos damos a nosotros mismos. Una escritura que constituía con las propias palabras y las de otros un "cuerpo", como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad.







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miércoles, 12 de febrero de 2020

I would prefer not to




Uno de los mejores legados que Foucault toma de Nietzsche -desde mi punto de vista, aunque hay quienes sostengan lo contrario-, es haber comprendido lo que yo llamo una "física del poder" en él. Le permitió formular cosas como las que hemos leído en Vigilar y castigar, cuando decía que la disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo en términos de utilidad económica, y las disminuye en términos de obediencia política. No otra cosa que como Deleuze explicó también el devenir reactivo de las fuerzas en Nietzsche, diciendo que se trata de separar a las fuerzas de lo que las fuerzas pueden. 

Es ese postulado el que hace que en el cuento de Melville, "Bartleby, el escribiente", la frase "I would prefer not to" sea tan contundente. Pues frente a un poder que busca separar nuestra potencia de lo que nuestra potencia puede, no hacer es un modo de resistir o de resistirse. Puesto que ya no se trata de cómo el poder -o todo aquello que resta nuestra potencia, nuestra potencia de vida- nos vuelve impotentes. Sino, como lo muestra Agamben, hay que reconocer cómo hay otra operación del poder que es engañosa, puesto que trabaja no sobre lo que se puede hacer, sino sobre lo que no podemos hacer, es decir, sobre nuestra impotencia. Y el peligro es mayor: separado de su impotencia, o privados de la experiencia de lo que se puede no hacer, se corre el riesgo de creer que podemos hacer todo, que somos capaces de todo. Algo de lo que podemos testimoniar con nuestras propias biografías quienes vivimos entre estos dos siglos, veinte y veintuno -alojados en la morada del capital y el neoliberalismo-, con lo que respondemos todos los días: "Sí". "No hay problema". "Podemos hacerlo". 

Entonces, en fin, para quienes andamos pensando las resistencias, y en tantos casos despotricamos contra los poderes que nos vuelven impotentes, caminemos con cuidado sobre esa cuerda que nos vuelve equilibristas. Pues impotencia no es solamente el "no poder hacer", sino también el "poder no hacer". En tal caso, y no en el primero, todavía podemos resistir.

martes, 4 de febrero de 2020

Sobre la verdad

Siempre es bueno recordar(se) que la verdad no es adecuación, sino una forma de relación con nosotros mismos. No representación, sino acción. No lo que me nombra o se me impone, sino lo que produzco, lo que se efectúa, a partir de esa singular (y en algunos casos puede ser también cariñosa y tierna) manera de vincularnos con nosotros mismos, de configurarnos, de darnos una verdad, como quien se mira desde adentro -se abisma- y se ofrece a sí mismo un regalo.

Foucault lo dijo así:

"La verdad no es lo que se dice (ni la relación entre lo que se dice y lo que es o no es). Es lo que se afronta, aquello a lo cual se acepta o no hacer frente. Es la fuerza temible a la cual uno se entrega."

"Si algo se devela en el juramento de la verdad, no es lo que ocurrió, no son las cosas mismas, sino antes bien la desnudez desarmada de quien acepta dejarse embargar por ella, o al contrario, la evasión de quien quiere rehuirla".

"La relación con la verdad no es, por tanto, de una naturaleza diferente de la lucha misma. En cierto sentido, no se despliega en otra dimensión".

domingo, 4 de septiembre de 2016

Gestores

No deja de preocuparme la burocratización del conocimiento, las formas en que se nos vuelve "gestores del saber", los empleados del mes de las grandes maquinarias por donde supuestamente circula lo que producimos. ¿Qué está pasando mientras cumplimos, fervorosamente, fervientemente, febrilmente, con la escritura de papers, con las direcciones de tesis, con la evaluación de artículos, con el dictado de cursos de posgrado?
En *Vigilar y Castigar*, hace cuarenta años, Foucault decía a propósito de cómo se constituye nuestra subjetividad moderna, mediante un doble registro, el de los filósofos/médicos/juristas y el técnico-político que vuelve a los cuerpos dóciles y sumisos: "Mientras los juristas o los filósofos buscaban en el pacto un modelo primitivo para la construcción o la reconstrucción del cuerpo social, los militares y con ellos los técnicos de la disciplina, elaboraban los procedimientos para la coerción individual y colectiva de los cuerpos”.
Y yo me pregunto ¿qué estamos haciendo los filósofos, los juristas, los médicos hoy -en nuestra actualidad, en nuestro presente- para no volver a conceder la misma distracción histórica con nuestros intelectualismos, nuestra peculiar forma de pensar que transformamos el mundo? ¿Para -en definitiva- colaborar a las nuevos modos de codificarnos, de volvernos sumisos, dóciles, subordinados? ¿Qué enorme elefante nos pasa por detrás, mientras intentamos ponerle palabras, conceptos, métodos a la configuración subjetiva neoliberal?

martes, 8 de septiembre de 2015

Practicar la verdad en la propia vida


Para los cínicos, la vida consistía en vivir según los principios de una verdad que deviene insoportable, en la medida en que abandona el ámbito de los discursos para encarnarse en la existencia. Se trata, sin más, de otra forma de comprender la verdad: no la verdad del conocimiento, no la verdad de los discursos, sino la verdad de la que podemos dar testimonio con la propia vida. (Para pensar en las propias prácticas académicas, ¿no?) Se trata de una relación con la verdad crítica: en cuanto supone, no hacerse juez de la verdad y la mentira -algo que por demás tiene su punto de emergencia dentro de la dimensión histórica del conocimiento-, sino dar testimonio con la propia vida de una verdad, para transformar el mundo. Para una vida otra. Para otra vida, para otro mundo. Es un trabajo sobre sí mismo, y con los otros. Y esta es, sin más, la tarea que Foucault pensaba que tenía la filosofía: una tarea política, y que llegó a llamar como "militancia filosófica". Algo que deberíamos trasladar a las instituciones, a las prácticas, a los modos en que debatimos, a los modos en que comunicamos nuestro trabajo los investigadores, al modo en que enseñamos quienes somos maestros y profesores.

Las últimas palabras pronunciadas por Foucault, en el último curso que dio en su vida, fueron: "No hay instauración de la verdad sin una posición esencial de la alteridad. La verdad nunca es lo mismo. Solo puede haber verdad en la forma del otro mundo y de la vida otra".

lunes, 17 de septiembre de 2012

Impersonal


"A Foucault mismo no se lo percibía exactamente como una persona. Aun en circunstancias insignificantes, cuando entraba a una habitación, ocurría algo parecido a un cambio de atmósfera, una especie de acontecimiento, se producía un campo el
éctrico o magnético, como se prefiera. Esto no excluía en absoluto la dulzura o la comodidad, pero no eran del orden de la persona. Eran una conjunción de intensidad. A veces lo irritaba ser así, producir ese efecto, pero, por lo demás, toda su obra se nutría de ello. Fulgores, destellos, relámpagos, efectos de luz, eran lo visible de él. El lenguaje es un inmenso "hay", en tercera persona, esto es, lo opuesto a la persona".

GDeleuze

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Más que tomar la palabra


"Más que tomar la palabra, hubiera preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. No habría habido, por tanto, inicio y en lugar de ser aquel de quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su desaparición posible"
 Michel Foucault, El orden del discurso.

miércoles, 28 de julio de 2010

"Mi nombre es Nadie"


"Mi nombre es Nadie", decía ya Ulises. Homero llama polyptropos al héroe viajero, y este calificativo griego se traduce, de manera aproximada, por "hábil", "rico en recursos", "de las mil astucias", etcétera. Ulises tiene "salida para todo"; su inteligencia no es teórica ni contemplativa, orientada hacia lo eterno como la de los geómetras y los filósofos, sino pragmática, táctica, inquieta y guerrera. Nómada y burlón, el héroe homérico enreda las pistas multiplicándolas. Nunca se le atrapa donde se creía poder hacerlo; es libre, siempre, y asimismo liberador, desconcertante. Como Michel Foucault.
Roger-Pol Droit; Un pensador, mil rostros

miércoles, 8 de julio de 2009




"el loco es la verdad irresponsable"
(Foucault)
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jueves, 12 de febrero de 2009


Compartimos algo más que la filosofía.

martes, 7 de octubre de 2008

Omphalos


Para los griegos, Delfos era el ombligo del mundo (su centro geográfico), donde se habían reunido las dos águilas enviadas por Zeus desde los bordes opuestos de la circunferencia de la Tierra. Allí se consagraba el culto a Apolo y la pitia o pitonisa pronunciaba sus oráculos. “Conócete a ti mismo” (gnothi seauton) eran las palabras escritas sobre el oráculo de Delfos. Sócrates, a través de Platón, marcó con ellas la historia de la filosofía.

¿Qué querían decir estas palabras para los griegos? Para problematizar acerca de los supuestos y proyecciones de las mismas, tomaremos algunas reflexiones de clases de Michel Foucault en el Còllege de France. Se trata del curso de 1981-1982, reunido en La hermenéutica del sujeto, dedicado al problema entre “sujeto y verdad”. En el mismo, Foucault toma la noción de “inquietud de sí mismo” (epimeleia heautou), que puede pensarse como el ocuparse o preocuparse de sí. Se trata de una elección p, aradójica, tal como lo señala Foucault, cuando todo el mundo sabe que la cuestión del sujeto se planteó originariamente en una fórmula bien diferente: el oráculo délfico “conócete a ti mismo”, que se convierte en fundador, en la historia del pensamiento occidental, de las relaciones entre sujeto y verdad.

Según Foucault, estas palabras no tenían en su origen el valor que luego se les atribuyó. Puesto que lo que se prescribía en la fórmula no era el autoconocimiento como fundamento moral, ni tampoco religioso, como principio de relación con los dioses. Una de las interpretaciones sugiere que esta expresión significaría “en el momento en que vengas a hacer preguntas al oráculo, examina bien en ti mismo lo que vas a hacer; y puesto que debes reducir al máximo la cantidad de tus preguntas y no plantear demasiadas, presta atención en ti mismo a lo que necesitas saber”. Otra interpretación es que el “conócete a ti mismo” sería el principio que recordaría a quien consulta sin cesar que, después de todo, no es más que un mortal y no un dios, por tanto no debe presumir demasiado de su fuerza ni enfrentarse a las potencias de la divinidad.

Foucault se pregunta cuál es la causa de que la “inquietud de sí mismo” haya sido pasada por alto en la manera en que el pensamiento occidental rehizo su propia historia, cómo pudo suceder que se privilegiara tanto, se atribuyera tanto valor e intensidad al “conócete a ti mismo” y se dejara de lado o en la penumbra, la noción de “inquietud de sí”. La hipótesis foucaulteana es que hay algo perturbador en el principio de la “inquietud de sí”, vinculado a cierta tradición que nos hace desistir de dar a esos preceptos y formulaciones un valor positivo. Podemos esbozar otras: si lo pensamos desde el punto de vista de la responsabilidad (y aquí podríamos recordar una ética existencialista sartreana), es más sencillo justificar nuestras acciones a través del perdón y la culpa religiosa, que hacernos cargos de nosotros mismos, hacernos responsables por nuestras acciones. En definitiva, la preponderancia del “conócete a ti mismo” sobre la “inquietud de sí” puede pensarse también como la primacía de la esencia sobre la existencia, de la seguridad sobre la incertidumbre. No por algo el oráculo estaba dedicado a Apolo y no a Dionisio.

Pero volviendo a las hipótesis de Foucault, plantea una razón mucho más profunda para que el “ocúpate de ti mismo” se haya borrado y el “conócete” se haya erigido como estandarte para occidente. Esta razón obedece al problema de la verdad y se sitúa en lo que nuestro filósofo llama “el momento cartesiano”: Descartes situó el punto de partida en la evidencia del cogito, esto es, en aquella célebre frase de “cogito ergo sum”, pienso, luego existo, con lo cual Descartes se refiere al autoconocimiento. Con la indubitabilidad de mi existencia como sujeto, el “conócete a ti mismo” se vuelve el acceso fundamental a la verdad. Sólo puedo conocer las cosas en la medida en que me conozco a mí mismo. Pero esto ya supone demasiadas cosas: en primer lugar que hay algo que puede ser llamado verdad, o que haya una verdad; por otro que yo soy siempre el mismo, puesto que si cambiase todo el tiempo ¿cómo podría conocerme?

Si atendemos a “la inquietud de sí mismo”, por su parte, parecería diferir, en un principio y con la posterior interpretación, del “conócete a ti mismo”, puesto que aquella implica no sólo un volverse sobre sí mismo, ya que se trata de prestar atención a lo que se piensa y lo que sucede en el pensamiento, sino una serie de prácticas sobre sí, acciones que uno ejerce sobre sí mismo, a través de las cuales uno se hace cargo de sí, experiencias que implican una transformación, una modificación, una transfiguración.

Ya no se trataría sólo de un sujeto noético, sino de un sujeto empírico, en tanto se transforma a través de la experiencia. Esto implica entonces para Foucault, no tanto un creciente conocerse, “encontrarse a uno mismo”, un “reconocerse”, sino más bien perderse, distanciarse de lo que se piensa hasta ese momento, hacer el ejercicio de criticar o cuestionar el propio pensamiento para saber hasta dónde se puede pensar distinto de cómo se piensa. Este es el trabajo de la filosofía, criticar para transformar: las conciencias, los sistemas, las relaciones de poder.

Parecería decir: des-encontrarnos. Pedernos. Des-sujetarnos. A partir del encuentro con los otros, con lo otro. En el diálogo, en el cruce de fuerzas, en un “entre” nosotros y las cosas que no quede definido por la relación sujeto-objeto. O sujeto-verdad.


sábado, 5 de abril de 2008

Decálogo foucaulteano



"Yo diría que el Anti Edipo (con perdón de sus autores) es un libro de ética, el primer libro de ética que se haya escrito en Francia en mucho tiempo (tal vez eso explica por qué su éxito no se limitó a un público en particular: ser anti-edípico se ha vuelto un estilo de vida, un modo de pensar y de vivir). ¿Cómo evita uno ser fascista aún cuando (especialmente cuando) uno cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo librar de fascismo nuestro discurso y nuestros actos, nuestro corazón y nuestros placeres? ¿Cómo descubrir el fascismo arraigado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las huellas de la carne asentadas en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari, por su parte, están al acecho de las más pequeñas huellas del fascismo en el cuerpo.
En un modesto homenaje a San Francisco de Sales, podría decirse que el Anti Edipo es una Introducción a la vida no fascista.Este arte de vivir, contrario a todas las formas de fascismo, estén presentes o a punto de aparecer, se acompaña de cierto número de principios esenciales, que resumiría de la manera siguiente si debiera hacer de esta gran obra un manual o una guía para la vida cotidiana:
Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizante.Desarrollad la acción, el pensamiento y los deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción, no por subdivisión o jerarquización piramidal.Libráos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la falta, la laguna) que el pensamiento occidental ha considerado durante tanto tiempo sagradas como forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid lo positivo y lo múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, los dispositivos móviles a los sistemas. Considerad que lo productivo no es sedentario sino nómada.No penséis que haya que estar triste para ser un militante, aun cuando lo que se combata sea abominable. Es la conexión entre el deseo y la realidad (y no su retirada hacia las formas de la representación) lo que posee fuerza revolucionaria.No utilicéis el pensamiento para basar una práctica política en la Verdad; ni la acción política para desacreditar una línea de pensamiento como si ésta no fuera más que especulación pura. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como multiplicador de las formas y los ámbitos de intervención de la acción política.No exijáis de la política el restablecimiento de los ‘derechos’ del individuo tal como han sido definidos por la filosofía. El individuo es producto del poder. Lo que se necesita es ‘desindividualizar’ mediante la multiplicación, el desplazamiento, y las combinaciones diversas. El grupo no ha de ser un lazo orgánico que una individuos jerarquizados, sino un constante generador de desindividualización.No os enamoréis del poder."
MICHEL FOUCAULT. Introducción a una vida no-fascista. Prefacio al Anti-Edipo de Gilles Dleuze y Félix Guattari.