HYPOMNEMATA

Los hypomnemata eran cuadernos de escritura: en ellos se encontraban citas, fragmentos de escrituras o pensamientos del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas, pensadas, y se atesoraban en esas páginas desordenadas, heterogéneas. Se trataba de un ejercicio en el pensamiento que no tenía como fin el decir lo indecible, sino captar lo ya dicho, de reunir lo leído. Eran escrituras sobre lecturas, y el fin de las mismas, la constitución de sí mismo. Era una escritura que posibilitaba la transformación de la verdad que nos damos a nosotros mismos. Una escritura que constituía con las propias palabras y las de otros un "cuerpo", como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad.







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martes, 11 de noviembre de 2008

La escritura de un pensar laberíntico: entre nos-otros

(Fragmento de "Entre la palabra y el abismo: habitar lo extraño en uno)




Una escritura-experiencia de la filosofía, que podemos inscribir en una lógica laberíntica y que no espera encontrar, sino perder el rostro, es una escritura que se instituye a partir de la diferencia, del principio de alteridad. Y es una filosofía tensional, en tanto su escritura se crea entre lo que se sabe y lo que no. Entre quien se es y lo otro que somos. Entre la interioridad y lo extraño. Las cosas, el mundo, los otros, hablan siempre una lengua diferente. Perder el rostro manifiesta esa tensión entre lo uno y lo otro, ese paseo de una filosofía tensional que hace de su escritura su carácter: en sus palabras tiene que quedar la huella del habitar de lo extraño en uno, la diferencia que se hace cuerpo, la discontinuidad respecto de nuestra mismidad.

Frente a la imagen de un pensamiento cuya lógica se reduce a la racionalidad argumentativa, nos preguntábamos si era posible otro filosofar, que no concluya en definiciones últimas, sino que por el contrario, abra el juego a nuevos posibles, un pensar que se constituya a partir del acontecimiento, y que las verdades a las que arribe sean pensadas siempre como verdades en tránsito. Para este pensar laberíntico, y para una escritura de este pensar se nos presenta también una subjetividad otra; no aquella que resulta garante del conocimiento (“en tanto me conozco a mí mismo, puedo conocer las cosas”, ya que no esperamos encontrarnos, sino perdernos). Una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que more y afirme el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Que se “abandone”, soltando las certezas sobre las que reposa; entregarse a las fuerzas del acontecer, y posicionarse otra vez respecto de ellas. Habitar en el “entre” nosotros y los otros; en un nos-otros: en tanto nos habita la diferencia, en tanto somos siempre otros para nosotros mismos en el devenir de nuestro pensamiento.

Una escritura-experiencia es siempre una escritura a otros, de otros y con otros; en la medida en que se da a partir de un diálogo con la alteridad. Una escritura-experiencia es un encuentro de diferencias que no se reduce a ninguna de ellas, ni es síntesis de contrarios, sino lo nuevo que desde allí mana. Lejos de fijar sentidos, al modo arquitectónico, se trata de una escritura que permite la generación de nuevos sentidos, que se instituye a partir del continuo movimiento del pensar. Es un pasar de sentidos a nuevos sentidos, y en este pasar la subjetividad se crea y recrea. Una escritura-experiencia posibilita figuras provisorias de la identidad, múltiples rostros que se van transformando a partir de las diferencias que se establecen consigo mismas en ese “abandono” al movimiento de un pensar no totalizante.

Invierte la relación de lo posible y lo real. Hace posible lo real. Una escritura-experiencia no busca legitimar lo que sabe a través de su lógica explicadora, en el intento de hacer real lo posible o un deber-ser; sino por el contrario, que lo real se haga posible. Tomar la realidad como punto de partida y abrir posibilidades, nuevos horizontes, no los previstos, puesto que no estamos buscando orientarnos en el pensamiento como cuando recorremos una ciudad con un mapa. Afirmar lo posible implica afirmarlo como enigma y como tránsito, como azar y como escucha. Como invención. Como encuentro.

La experiencia que va lo real a lo posible instaura nuevos órdenes, nuevas relaciones con los mapas, nuevas formas de jugar. Julio Cortázar en su Rayuela describía el juego entre la Maga y Oliveira diciendo en boca de este último: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. También podemos decirlo como Benjamín cuando escribe: «Importa poco no saber orientarse en un ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje». Picasso lo dijo así: “Yo no busco, encuentro”. Por último, podemos decirlo con Miguel Morey: “Si pasear es un proyecto por medio del cual se rompe con el mundo del proyecto es porque en él se busca lo que no se espera –se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando.”

sábado, 11 de octubre de 2008

La infancia que no es del otro


¿Por qué dejar de ser infantes? ¿Por qué nombrar las cosas con las palabras impuestas por otros? ¿No es la in-fancia esa condición en nosotras, niñas-adultas, y en todos, de no tener aún el lenguaje para nombrar lo nuevo que nos acontece? ¿No es propiamente ese intento de nombrar un mundo nuevo que aparece? ¿No es, ser infantes, nombrar las cosas con nuestras propias palabras, abrirnos mundo y mundos posibles con nuestras palabras-a-tientas? ¿No es relacionarnos de otro modo con el lenguaje, no es hablar sino en metáforas? ¿No es la infancia esa actitud de ver las cosas como si las viéramos por vez primera, cada vez? ¿O esa actitud que nos permiten que “nos pasen cosas”, en un mundo de adultos que pretenden controlar el futuro, sus relaciones, su vida, para no sufrir?

La infancia, la experiencia y lenguaje que nos habita, en el que co-habitamos: que nos atraviesen. Sigamos siendo permeables a que las cosas nos atraviesen, también el dolor, pero sin dejar que las cosas nos atraviesen ¿podemos ser felices? ¿Podemos encontrarnos con el otro que, desde su palabra, nos interpela?

lunes, 28 de abril de 2008

paseo



“Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, -¡esto repugna siempre a mi gusto! Preferiría preguntar y someter a prueba a los caminos mismo” (NIETZSCHE, Friedrich. Así habló Zaratustra).
Entre mi pensamiento y mis pies
hoy no hay distancias que llenar
sino abismos que saltar.



Me sé de paso. Me sé transitoria, andante, transformándome en otras. Habito cada paso que doy, con un horizonte que no es una meta sino un paisaje. Los pasos caminan mi andar mientras devienen ríos, mares, montañas, cielos. En el pasar que se sabe de paso, no hay definiciones que delimitan un mundo, sino la apertura de mundos, las posibilidades que habitamos. La experiencia del cuerpo y las de las palabras, el atravesar y dejarse atravesar por una diferencia, hasta ya no ser quien se era. Entre nosotros y el mundo, la intimidad de este paseo. Como modo de existir. Con las máscaras y rostros que nos tomen, porque ¿podemos aún decir que somos uno y los mismos? Hablo del paseo como el ir de un yo al otro, como el estar parada en lo que cambia. Porque, ante todo, pasamos.
Miguel Morey, en un ensayo titulado Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin, señala el sentido que Benjamin da al paseo: como metáfora de la forma de la experiencia, puesto que implica un modo específico de relación entre el recuerdo, la atención y la imaginación; y lo propone como una especie de método para una experiencia de lo real, algo como un ethos frente a lo real, que se vuelve régimen de relación de uno mismo con uno mismo. Se trata de un método de quien está y se sabe de paso, opuesto al método arquitectónico que es espacial y estático, del cual Kant es el máximo exponente. Este pasar de lo que pasa, como metáfora de la forma y también como política de la experiencia, tiene su reivindicación en el contar y lo narrativo, en lo qué éste tiene de selección de qué es lo que cuenta en el pasar de lo que (nos) pasa, y de posibilidad de transmitir ese saber de una forma comunicable. En este sentido, en tanto seres de paso, la verdad es siempre un trance, y la posibilidad que hay de comunicarla en tanto que trance, es la narración.
Una política de la experiencia implica restaurar la dignidad de la experiencia, y esto requiere, según Morey, por un lado, la ausencia de intencionalidad, que se opone al plan arquitectónico que pretende edificar, en términos filosóficos, “orientarse en el pensamiento”, sin perderse, teniendo el pensamiento bajo control. En segundo lugar, el perderse tiene que ver con aquel paseo que es siempre un primer paseo, por tanto también con la novedad de un pensamiento mientras se encuentra con lo impensado. En tercer lugar, implica una voluntad atenta a romper con toda voluntad de reconocimiento y con la apertura a la posibilidad del encuentro. Si pasear es romper con la posibilidad del proyecto, es porque en él se busca lo que no se espera “se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando”. Se trata de la captura del instante o de los rostros del instante, que atestiguan lo que no pertenece a la representación (a esto llama Benjamin la “experiencia del aura”).
Así, la experiencia es aquello que nos da que pensar, que pone en movimiento el pensamiento, que nos provoca y coloca frente a nosotros mismos, ante la pregunta “¿qué hacer ante..?” y en este movimiento del pensar aparece la puesta en escena del lenguaje que intenta decir, narrar, contar la experiencia del pasar de lo que pasa. En este sentido es interesante rescatar, para el vínculo entre experiencia, lenguaje e infancia, cómo concluye Morey con Kantspromenade, haciendo referencia a que “el Paseante siempre pasea con un niño, es siempre el niño que fuimos quien pasea”.

domingo, 27 de abril de 2008

Filosofía y amistad. Situarnos en la experiencia


En la cotidianeidad de nuestra vida, la experiencia es algo que desaparece, dando lugar a un cúmulo de acontecimientos dispersos, poco más o menos entretenidos, que no logran modificarnos enteramente. Tener una experiencia precisa apertura y no cierres o límites, fluidez y no vorágine, la posibilidad de lo nuevo, no la repetición.
La expropiación de la experiencia, según el filósofo italiano Giorgio Agamben, ya se encontraba en el proyecto de la ciencia moderna. Así, la experiencia que se encuentra espontáneamente se le llama “caso”, y aquella buscada, “experimento”. El punto es que un experimento difiere bastante de una experiencia, ya que esta última no puede preverse, no es susceptible de repetición, como sí lo es el experimento, cuyo fin es encontrar una regla general. Por el contrario, la experiencia es única, singular, y el solo intento de repetirla acabaría con su singularidad. La experiencia, entonces, como aquello que acontece sin más, se sitúa casi en los límites del lenguaje, allí donde todavía no podemos hablar, se trata de una in-fancia del pensamiento, en el sentido más literal de la palabra (la infancia etimológicamente se refiere al hecho de aún no hablar, no poseer lenguaje).
La fuerza del pensamiento se pone en movimiento a partir de la novedad que la experiencia le aporta. Recién entonces nos convertimos en un sujeto de lenguaje. Claro que no ocurre esto cuando nuestro hablar es un mero repetir, sin habernos apropiado de las palabras que hacemos nacer.
Así como la experiencia se ha extranjerizado de nuestra cotidianidad, del mismo modo lo ha hecho de diversas disciplinas, y el conocimiento parece más ligado a la repetición de lo mismo que a dar lugar a la diferencia.
Para pensar un vínculo entre experiencia y filosofía, sugerimos hacerlo desde la idea de amistad.

Cuando hablamos de amistad, de algún modo hablamos de nuestra posibilidad de elegir a quienes queremos en nuestra cercanía, a quienes reclamamos la presencia o la adyacencia de nuestra propia vida. Es una posibilidad única, si pensamos en la contingencia de las relaciones personales, la familia, los padres, los hermanos, los compañeros de trabajo. En cualquier caso, las relaciones nos marcan y nos transforman. ¿Hasta que punto seríamos estos, quienes somos, si no fuera por quienes nos rodearon y rodean? ¿Cómo podríamos afirmar que siempre hemos sido los mismos (o que siempre hemos sido iguales), y no hemos sido modificados, revolucionados en el codo a codo con otro, o con otros?
Elegir a otro, ir en busca de la alteridad, implica buscar la diferencia. Una diferencia respecto de nosotros. ¿Y para qué quisiéramos buscar una diferencia? En la diferencia, en el otro que es distinto de mí, encuentro la posibilidad de lo nuevo, de lo que desconozco, de aquello que viene a mí interpelándome. Se trata de situarse en la novedad que aporta la experiencia, en la posibilidad de un encuentro en el más profundo de los sentidos: dos miradas que se reconocen; y esto necesita de una actitud, una disposición, un ethos.
Nietzsche, en su libro Así habló Zaratustra, pone de relieve esta diferencia que el amigo es respecto del sí mismo, y con ello la posibilidad de un diálogo:
“Uno siempre a mi alrededor es demasiado” – así piensa el eremita. “Siempre uno por uno - ¡da a la larga dos!”
Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehemencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo?
Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad.”
Si bien marca en principio una diferencia entre el “yo” y el “mí” (y aquí podríamos ver dos sujetos, un sujeto de lenguaje que dice “yo” y un sujeto de experiencia al que algo le acaece, “a mí”), nos interesa ver esta línea que traza con el amigo, que es éste quien hace salir de las profundidades la palabra y el diálogo, el que muestra la diferencia, el tercero.
La palabra “filosofía”, guarda para sí en su raíz a la amistad. Aristóteles lo señala al decir: “amigo de Platón, pero más amigo de la sabiduría”. Y esta amistad con la sabiduría muchas veces ha sido entendida desde una perspectiva de carencia, de falta. Deseamos aquello que no tenemos o aquello que está prohibido. Ambas respuestas, vinculadas al platonismo y el psicoanálisis, están examinadas desde el ángulo del sujeto y del objeto, desde la categoría de causalidad e implican y mantienen un dualismo en las cosas. Para Lyotard este dualismo no permite afrontar seriamente el problema. Philein, es desear, amar. Pero para Lyotard la filosofía no tiene deseos particulares (la sabiduría, el conocimiento), sino que es el deseo que tiene a la filosofía, como tiene cualquier cosa. En una conferencia dictada en la Sorbona, el filósofo dice:
“Los filósofos no inventan sus problemas, no están locos, al menos en el sentido de que hablan. Quizá lo sean –pero entonces no más que cualquiera- en el sentido de que “ça vent à travers eux” (una voluntad les traspasa) están poseídos, habitados por el sí y el no. Es el movimiento del deseo el que, una vez más, mantiene unido lo separado o separado lo unido; éste es el movimiento que atraviesa la filosofía y sólo abriéndose a él se filosofa”.
Abriéndose al deseo se filosofa, dando lugar a que acontezca el deseo, se halla la experiencia de la filosofía. Pero esta experiencia se da a partir de la separación, de la diferencia, de la novedad. La unidad tan solo se da en la separación, siempre con la mediación del uno a través del otro. Es el movimiento de lo uno que busca lo otro. Desde aquí retomamos la idea de amistad del comienzo. La amistad que nos posibilita elegir la adyacencia de alguien a través del cual nos manifestamos.
El amigo de la sabiduría puede ser pensado entonces como alguien atravesado por un querer (philein) filosofar. Abrirnos al deseo que co-habita con la filosofía, es dejar que se haga presente la fuerza del pensamiento. Dar lugar a una experiencia de pensamiento, y abrirse también a la diferencia respecto de nosotros mismos, a una transformación.
La experiencia del encuentro

“andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
(Julio Cortázar, Rayuela)

Mencionamos una experiencia como aquel acontecimiento que interrumpe el curso “natural” de las cosas, un alto, una interpelación, una irrupción de lo inesperado, algo no previsto, que nos acontece, que nos llama a pensarlo.

El encuentro es la posibilidad de que algo aparezca ante nosotros, se nos manifieste, tengamos la fugaz posibilidad de tenerlo. Pero implica también la posibilidad de un reconocerse: verse en lo otro, buscarse en la diferencia que puede compartirse, encontrarse a sí mismo en aquello encontrado.
Creo y quiero pensar que el encuentro no es el encontrar lo que estamos buscando, ya que sería simplemente ir en busca de algo que sabemos lo que es. Me tienta más pensar la experiencia del encuentro como aquello que puede aparecer ante mí, o que puede “pasarme” sin esperarlo. Que puede modificar mi rumbo, que puede transformarme. Dos vías que se cruzan. Mirarnos y sabernos. Una oportunidad de no ser siempre sola. Recuerdo encuentros que han sido posibilitadores de otros yoes. Con amigos, intercesores, en sueños, entre yo y mí, con ideas, con palabras…