HYPOMNEMATA

Los hypomnemata eran cuadernos de escritura: en ellos se encontraban citas, fragmentos de escrituras o pensamientos del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas, pensadas, y se atesoraban en esas páginas desordenadas, heterogéneas. Se trataba de un ejercicio en el pensamiento que no tenía como fin el decir lo indecible, sino captar lo ya dicho, de reunir lo leído. Eran escrituras sobre lecturas, y el fin de las mismas, la constitución de sí mismo. Era una escritura que posibilitaba la transformación de la verdad que nos damos a nosotros mismos. Una escritura que constituía con las propias palabras y las de otros un "cuerpo", como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad.







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miércoles, 28 de agosto de 2019

Cielo


  
De chica, yo era una especie de adoradora del cielo. Era el medio oeste, y el cielo era tan inmenso, era casi todo el mundo. Yo sabía que había venido de ahí y que, algún día, iba a volver. ¿Para qué son los días? Para despertarnos, para ponerlos entre noches sin fin. ¿Para qué son las noches? Para atravesar el tiempo hacia otro mundo.
Laurie Anderson


lunes, 30 de mayo de 2016

De infancia


Muchas de las imágenes de Alain Laboile parecen retratar mi infancia: o el recuerdo de ella, o lo que de ella queda de diferentes subjetivaciones. Algo me dice que está allí. Que puedo dar un paseo o un viaje relámpago: sólo mirando cómo las hormigas trabajan -mirándolas muy de cerca- o diciéndole a uno de mis gatos que sí, que él es una pantera -la conexión con ellos no se modificó ni un ápice- . O extraviando la mirada cuando el aire es fresco. O también olvidándome que el tiempo pasa cuando lo que se ve pasar es el agua en una acequia. O recordando los escondites secretos en mi habitación, o el vértigo de la velocidad de la bici. O leyendo, cuando leer es entregarse al vaivén de las palabras sin escudriñar su sentido. Cuando por momentos logro escaparme del influjo de la identidad: sí, ahí está esa niña.

sábado, 28 de julio de 2012

Als das Kind Kind war...


Cuando el niño era niño
caminaba con los brazos colgantes,
quería que el arroyo fuera río,
que el río fuera torrente, y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
todo le parecía animado
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
de pronto se echaba a correr,
tenía un remolino en el pelo,
y nunca posaba para tomarle una foto.

Cuando el niño era niño,
era el tiempo de estas preguntas
¿por qué yo soy yo y no soy tú?
¿por qué estoy aquí y por que no allá?
¿cuándo empezó el tiempo y dónde acaba el espacio?
¿es la vida bajo el sol tan solo un sueño?
es lo que veo y oigo y huelo
¿no es solo una ilusión del mundo ante mundo?
Dados los hechos de la maldad y de la gente.
¿existe realmente el mal?
¿cómo es posible que yo, que existo,
no haya sido antes de existir y que alguna vez yo, que existo,
ya no seré quien soy?

Cuando el niño era niño,
le costaba tragar las espinacas, los guisantes, el arroz con leche
y la coliflor al vapor,
y ahora come de todo, no solo por necesidad.

Cuando el niño era niño,
alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora lo hace comtinuamente.
Muchas personas, entonces, le parecían bellas
y ahora solo unas pocas, por pura suerte.

Había visualizado una clara imagen del Paraíso
y ahora, cuando mucho, lo adivina,
no podía pensar una nada
y hoy se estremece ante ella.

Cuando el niño era niño,
jugaba con entusiasmo,
y, ahora, tiene la misma excitación que entonces,
pero solo cuando se trata de su trabajo.

Cuando el niño era niño,
tenía suficiente con comer una manzana, ... y pan,
y aún hoy es así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo ellas lo hacen,
y aún hoy es así.
Las nueces frescas le hacían aspera la lengua,
y aún hoy es así.
Tenía, en cada cumbre,
el ansia de un monte mas alto todavía,
y en cada ciudad,
el ansia de una ciudad aun mejor,
y aún hoy es así,
Alcanzaba las cerezas en las ramas más altas de los árboles,
con una euforia que todavía hoy tiene,
era tímido ante los extraños,
y hoy lo sigue siendo.
Esperaba la primera nevada,
y hoy la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiró un bastón como lanza contra un árbol,
y éste aún sigue vibrando allí.

Peter Handke. "Canción de la niñez", en El cielo sobre Berlín (1987)

sábado, 18 de febrero de 2012

Suerte de ser niño

"Día tras día, se niega a los niños el derecho a ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a lo niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños."
                       Eduardo Galeano (Gracias, Eduardo!)

jueves, 19 de noviembre de 2009

Decir y jugar


Imagen: Manoel de Barros

¿no será que el jugar ha sido desde que nacemos
un respiro, un modo del cuerpo, una irrupción del pensamiento?
¿no será que la palabra esperará el momento de decirse
pronta a resbalarse de una boca
tenue en el tono
radical e irreversible?
¿y que jugar otra vez nos vuelva niños
y que nombrar nos lo esté volviendo?
¿y si decir y jugar son de esas cosas eternas
a las que los dioses se entregaron una vez y siempre
y entonces los dioses son unos niños
y nosotros quienes tenemos que devenir infantes?

jueves, 16 de julio de 2009



¿Y si las historias para niños fueran
de lectura obligatoria para los adultos?
¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que,
desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?


(José Saramago)

martes, 31 de marzo de 2009

todavía un niño


desde la piel-experiencia
todavía somos niños
no en el fondo de la memoria
ese hueco cavado al que nos reducimos

en el cuerpo llevamos un niño
en la boca
donde las palabras prontas a nombrar
buscan el territorio de lo imposible
decir lo que no ha sido dicho
también callar
lo que tiene al silencio como destino
foto: g. colbert

sábado, 7 de marzo de 2009

Ampliaciones

(En Walter Benjamin, Dirección única, Madrid, Alfaguara, 1987)

Lo que sigue solamente puede ser dado a leer. A quienes puedan recordar esa perspectiva infantil, a quienes todavía la conserven.



NIÑO LEYENDO



En la biblioteca escolar te dan un libro. El reparto se efectúa en los cursos elementales. Sólo de vez en cuando te atreves a formular un deseo. A menudo ves con envidia cómo los libros ardientemente deseados van a parar a otras manos. Por fin te traían e tuyo. Durante una semana quedabas totalmente a merced de los vaivenes del texto que, suave y misterioso, denso e incesante, te iba envolviendo como un torbellino de nieve. En él entrabas con una confianza ilimitada. ¡Silencio del libro, cuyo poder de seducción era infinito! Su contenido no era tan importante. Pues la lectura coincidía aún con la época en que tú mismo inventabas en la cama tus propias historias. El niño intenta seguir sus trazas ya medio borradas. Se tapa los oídos al leer, su libro descansa sobre la mesa, demasiado alta, y una de las manos está siempre encima de la página. Para él, las aventuras del héroe se han de leer todavía entre el torbellino de las letras, como figura y mensaje entre la agitación de los copos. Respira el mismo aire de los acontecimientos, y todos los personajes le empañan con su aliento. Entre ellos se pierde con mucha más facilidad que un adulto. Las aventuras y las palabras intercambiadas le afectan a un grado indecible, y, al levantarse, está enteramente cubierto por la nieve de la lectura.



NIÑO QUE LLEGA TARDE



El reloj del patio del colegio parece estropeado por su culpa. Daba “las demasiado tarde”. Y por las puertas de las aulas ante las que él se desliza sigilosamente, llega, hasta el pasillo, un murmullo de secretos conciliábulos. Allí detrás, maestros y alumnos son amigos. O bien todo guarda silencio, como en espera de alguien. Imperceptiblemente pone su mano en el pomo. El sol inunda el lugar donde él está. Y él profana el joven día y abre. Oye matraquear la voz del maestro como la rueda de un molino; se halla ante la piedra de moler. El matraqueo de la voz mantiene un ritmo, pero los mozos molineros lanzan ya toda su carga sobre el recién llegado; diez, veinte pesados sacos vuelan hacia él, y tiene que cargarlos hasta el banco. Cada hilo de su abriguito está cubierto de polvo blanco. Como un alma en pena a media noche avanza haciendo ruido a cada paso, pero nadie le ve. Una vez en su sitio, se pone a trabajar en silencio, junto con los demás, hasta que toca la campana. Mas no encuentra dicha alguna.






NIÑO GOLOSO


Por la rendija de la despensa, apenas entreabierta, penetra su mano como un amante en la noche. Una vez hecha a la oscuridad, busca a tientas azúcar o almendras, pasas o confituras. Y así como el amante abraza a su amada antes de besarla, también el tacto tiene aquí una cita con estas golosinas antes de que la boca saboree su dulzor. ¡Con qué zalamería se entregan la miel, los montoncillos de pasas e incluso el arroz a la mano! ¡Qué encuentro tan apasionado en de estos dos, libres al fin de la cuchara! Agradecida y fogosa, como si la hubieran raptado de la casa paterna, la mermelada de fresas se rinde sin panecillo, dejándose saborear a la intemperie, como quien dice, y hasta la mantequilla responde con ternura a las audacias de ese pretendiente que ha interrumpido en la alcoba a la doncella. La mano, joven Don Juan, no tarda en penetrar en todas las celdas y los aposentos, dejando tras de sí un reguero de frascos y montoncillos derramados: virginidad que se renueva sin quejarse.

NIÑO MONTADO EN EL TIOVIVO



La plataforma con los solícitos animales gira casi a ras del suelo. Tiene la altura ideal para soñar que se está volando. Ataca la música, y el niño se aleja, dando tumbos, de su madre. Al principio tiene miedo de abandonarla. Pero luego advierte lo fiel que es a sí mismo. Cual fiel soberano, gobierna desde su trono un mundo que le pertenece. En la tangente, árboles e indígenas hacen calle. De pronto, en algún oriente, reaparece la madre. De la selva virgen surge luego la copa de un árbol tal como el niño la vio hace ya milenios, tal como acaba de verla ahora en el tiovivo. Su animal le tiene afecto: cual mudo Arión va el niño montado en su pez mudo, un toro-Zeus de madera lo rapta como a una Europa inmaculada. Hace ya tiempo que el eterno retorno de todas las cosas se ha vuelto sabiduría infantil, y la vida, una antiquísima embriaguez de dominio con el estruendoso organillo en el centro, cual tesoro de la corona. Al tocar éste lentamente, el espacio empieza a tartamudear y lo árboles, a volver en sí. El tiovivo se convierte en terreno inseguro. Y aparece la madre, ese poste tantas veces abordado, en torno al cual el niño, al tocar tierra, enrolla la amarra de sus miradas.



NIÑO DESORDENADO


Cada piedra que encuentra, cada flor arrancada y cada mariposa capturada son ya, para él, el inicio de una colección, y todo cuanto posee constituye una colección sola y única. En él revela esta pasión su verdadero rostro, esa severa mirada india que sigue ardiendo en los anticuarios, investigadores y bibliófilos, sólo que con un brillo turbio y maniático. No bien ha entrado en la vida, es ya un cazador. Da caza a los espíritus cuyo rastro husmea en las cosas; entre espíritus y cosas se le van los años en los que su campo visual queda libre de seres humanos. Le ocurre como en los sueños: no conoce nada duradero, todo le sucede, según él, le sobreviene, le sorprende. Sus años de nomadismo son horas en la selva del sueño. De allí arrastra la presa hasta su casa para limpiarla, conservarla, desencantarla. Sus cajones deberán ser arsenal y zoológico, museo del crimen y cripta. “Poner orden” significaría destruir un edificio lleno de espinosas castañas que son manguales, de papeles de estaño que son tesoros de plata, de cubos de madera que son ataúdes, de catáceas que son árboles totémicos y céntimos de cobre que son escudos. Ya hace tiempo que el niño ayuda a ordenar el armario de ropa blanca de la madre y la biblioteca del padre, pero en su propio coto de caza sigue siendo aún el huésped inestable y belicoso.

NIÑO ESCONDIDO



Ya conoce todos los escondrijos del piso y vuelve a ellos como a una casa donde se está seguro de encontrarlo todo como antes. Siente el palpitar de su corazón. Contiene la respiración. Aquí está encerrado en el mundo de la materia, que le resulta prodigiosamente claro y se le acerca sin palabras. Del mismo modo, sólo entiende lo que son cuerda y madera aquél a quien van a ahorcar. El niño, de pie tras la antepuerta, se vuelve él mismo algo flotante, un fantasma. La mesa del comedor bajo la cual se ha acurrucado lo transforma en el ídolo de madera del templo cuyas columnas son las cuatro patas talladas. Y detrás de la puerta será él mismo puerta, se la pondrá como una máscara pesada y, cual sacerdote-brujo, hechizará a todos lo que entren desprevenidos. No deberán encontrarlo en ningún caso. Cuando hace muecas le dicen que bastaría con que le reloj diera a hora para que él se quedara así. Lo que hay de cierto en ello lo sabe él en su escondite. Quien lo descubra, podrá dejarlo convertido en ídolo bajo la mesa, entretejerlo como fantasma en la cortina, para siempre, o encerrarlo de por vida en la pesada puerta. Por eso, cuando alguien que lo anda buscando le echa mano, él deja escapar, dando un fuerte alarido, al demonio que lo había transformado en todo aquello para que no lo encontrasen; por eso ni siquiera aguarda aquel momento, sino que se adelanta a él con un chillido de autoliberación. Por eso no se cansa de luchar con el demonio. El piso es, a todo esto, el arsenal de máscaras. Pero una vez al año hay regalos ocultos en lugares misteriosos, en las vacías cuencas de sus ojos, en su boca petrificada. La experiencia mágica se vuelve ciencia. Y, como su ingeniero, el niño deshace el encanto de la lóbrega casa paterna y busca los huevos de Pascua.





miércoles, 21 de enero de 2009

los otros y los mismos




profundas e iniciáticas las palabras con perfumes
y las que nos hacen habitar espacios entre nosotros
y entre nosotros y las cosas
las noches
la ventizca del mar
una música sonando
palabras musitadas por otros
el roce de los cuerpos
una sonrisa
la percepción del tiempo
las manos del niño que buscan las tuyas
y el niño que fuiste
los recuerdos vagos y dispersos
la ciencia cierta de lo que se quiere
el deseo, siempre hacia lo otro
la muerte que nos espera
la que podemos pensar ahora

¿somos otros y los mismos?
ni militar que somos algo juntos
ni gritarlo más a los cuatro vientos
no elucubrarlo
no hipotetizarlo
no adaptar un sonido nuevo a viejas partituras
habitar el silencio es también habitar lo extraño en uno




lunes, 18 de agosto de 2008

Nuda Veritas


Klimt + Silva


En una tierra milenaria, acabada de memoria, el búho de Minerva alza su vuelo al atardecer. Entre sus patas se lleva lo sido para colmar de historias la noche que se alza, mientras un viejo expira. En ese mismo instante, en las antípodas de la redondez de esa tierra, que es otra y la misma, un pájaro canta al amanecer y un águila dedica su vuelo en el abismo de las alturas, sospechando ya de la objetividad y con un sentido de la historia favorable a la vida y a la creación de futuros. Abre los ojos y los pulmones un niño, que acaba de nacer.

Y en los dos momentos del mundo, medianoche y mediodía, se inicia un primer movimiento: cuando por primera vez el niño insufla el devenir en sus pulmones. Lo hiere y quema ese primer halito que, a la vez, es el que le da la vida. Y así aprende a jugar y a lanzar los dados.

lunes, 28 de abril de 2008

paseo



“Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, -¡esto repugna siempre a mi gusto! Preferiría preguntar y someter a prueba a los caminos mismo” (NIETZSCHE, Friedrich. Así habló Zaratustra).
Entre mi pensamiento y mis pies
hoy no hay distancias que llenar
sino abismos que saltar.



Me sé de paso. Me sé transitoria, andante, transformándome en otras. Habito cada paso que doy, con un horizonte que no es una meta sino un paisaje. Los pasos caminan mi andar mientras devienen ríos, mares, montañas, cielos. En el pasar que se sabe de paso, no hay definiciones que delimitan un mundo, sino la apertura de mundos, las posibilidades que habitamos. La experiencia del cuerpo y las de las palabras, el atravesar y dejarse atravesar por una diferencia, hasta ya no ser quien se era. Entre nosotros y el mundo, la intimidad de este paseo. Como modo de existir. Con las máscaras y rostros que nos tomen, porque ¿podemos aún decir que somos uno y los mismos? Hablo del paseo como el ir de un yo al otro, como el estar parada en lo que cambia. Porque, ante todo, pasamos.
Miguel Morey, en un ensayo titulado Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin, señala el sentido que Benjamin da al paseo: como metáfora de la forma de la experiencia, puesto que implica un modo específico de relación entre el recuerdo, la atención y la imaginación; y lo propone como una especie de método para una experiencia de lo real, algo como un ethos frente a lo real, que se vuelve régimen de relación de uno mismo con uno mismo. Se trata de un método de quien está y se sabe de paso, opuesto al método arquitectónico que es espacial y estático, del cual Kant es el máximo exponente. Este pasar de lo que pasa, como metáfora de la forma y también como política de la experiencia, tiene su reivindicación en el contar y lo narrativo, en lo qué éste tiene de selección de qué es lo que cuenta en el pasar de lo que (nos) pasa, y de posibilidad de transmitir ese saber de una forma comunicable. En este sentido, en tanto seres de paso, la verdad es siempre un trance, y la posibilidad que hay de comunicarla en tanto que trance, es la narración.
Una política de la experiencia implica restaurar la dignidad de la experiencia, y esto requiere, según Morey, por un lado, la ausencia de intencionalidad, que se opone al plan arquitectónico que pretende edificar, en términos filosóficos, “orientarse en el pensamiento”, sin perderse, teniendo el pensamiento bajo control. En segundo lugar, el perderse tiene que ver con aquel paseo que es siempre un primer paseo, por tanto también con la novedad de un pensamiento mientras se encuentra con lo impensado. En tercer lugar, implica una voluntad atenta a romper con toda voluntad de reconocimiento y con la apertura a la posibilidad del encuentro. Si pasear es romper con la posibilidad del proyecto, es porque en él se busca lo que no se espera “se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando”. Se trata de la captura del instante o de los rostros del instante, que atestiguan lo que no pertenece a la representación (a esto llama Benjamin la “experiencia del aura”).
Así, la experiencia es aquello que nos da que pensar, que pone en movimiento el pensamiento, que nos provoca y coloca frente a nosotros mismos, ante la pregunta “¿qué hacer ante..?” y en este movimiento del pensar aparece la puesta en escena del lenguaje que intenta decir, narrar, contar la experiencia del pasar de lo que pasa. En este sentido es interesante rescatar, para el vínculo entre experiencia, lenguaje e infancia, cómo concluye Morey con Kantspromenade, haciendo referencia a que “el Paseante siempre pasea con un niño, es siempre el niño que fuimos quien pasea”.

martes, 8 de abril de 2008

horizonte posible

un horizonte
se hace posible
en el instante en que lo aceptamos
como nuestro destino
aceptar el destino
y amarlo como un niño

amarlo como lo amarías

sábado, 5 de abril de 2008

Con los ojos cerrados

Darte la música como bálsamo; sedar las horas de tu sueño en el arrullo de
nubes esponjosas; quiero tapar tus ojos con mis manos: que la oscuridad la
saborees, darte un único sentido: mi voz sonante, una voz cantando, un
piano plagado de dedos que lo bailan; y que puedas sentir cómo tu cuerpo se mece y gira y da vueltas y te lleva la música en una danza-torbellino, en un baile cifrado. Tendido, creés en el movimiento. El fluir del sonido transporta la materia liviana. Hay algo más que tengo para decirte, amor, en el oído: así, con los ojos cerrados, te transformás en niño.