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jueves, 3 de septiembre de 2015
Revuelta
Nada estable, nada permanente, nada de una identidad colectiva. El acontecimiento puede fotografiarse, y depende tanto de la percepción de la mirada ver en la fotografía algo estático o algo en movimiento.
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sábado, 17 de noviembre de 2012
sábado, 9 de enero de 2010
Magia y felicidad
Giorgio Agamben
Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que "los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia". La afirmación, efectuada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: "Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural".
Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella, tener en casa el asno cagamonedas o la gallina de los huevos de oro. Yen cada ocasión, conocer el lugar y la fórmula vale mucho más que proponerse honestamente y dedicarse con todas las fuerzas a alcanzar un objetivo. Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hybris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y sólo entonces puede decirse verdaderamente feliz.
Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción. y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos ha comprendido la diferencia entre vivir dignamente y vivir feliz. "Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad es la inclinación; aquello que luego somete esta inclinación a la condición de que debes ser primero digno de la felicidad es tu razón", escribe Kant. Pero con una felicidad de la cual podemos ser dignos, nosotros (o el niño que hay en nosotros) no sabemos bien qué hacer. ¡Qué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Y qué aburrida la felicidad como premio o recompensa por un trabajo bien hecho!
Que el vínculo que mantiene unidas la magia y la felicidad no es simplemente inmoral, que puede, más bien, dar testimonio de una ética superior, se evidencia en la antigua máxima según la cual quien se da cuenta de que está siendo feliz, ya ha dejado de serlo. Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya. Así Júpiter, que se une a la bella Alcmena asumiendo los rasgos del consorte Anfitrión, no goza de ella como Júpiter. Y mucho menos, más allá de la apariencia, como Anfitrión. Su alegría pertenece toda al encanto, y se goza concientemente y puramente sólo de aquello que se ha obtenido por las vías transversales de la magia. Sólo el encantado puede decir sonriendo: yo, y verdaderamente merecida es sólo esa felicidad que no soñaríamos con merecer.
Es esta la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros). Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de aquel no para nosotros. No quiere decir que la felicidad está reservada solamente a los otros (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando se la hemos arrebatado a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez por todas la tristeza infantil.
Si es así, si no hay otra felicidad que sentirse capaces de magia, entonces se vuelve transparente también la enigmática definición que de la magia dio Kafka, cuando escribió que si se llama a la vida con el nombre justo, ella viene, porque "esta es la esencia de la magia: que no crea, pero llama". Esta definición está de acuerdo con la antigua tradición, que cabalistas y nigromantes han seguido escrupulosamente en rodos los tiempos, según la cual la magia es esencialmente una ciencia de los nombres secretos. Toda cosa, todo ser tiene de hecho, más allá de su nombre manifiesto, un nombre escondido, al cual no puede dejar de responder. Ser mago significa conocer y evocar este archinombre. De allí, las interminables listas de nombres -diabólicos o angélicos- con los cuales el nigromante se asegura el dominio sobre las potencias espirituales. El nombre secreto es para él sólo el símbolo de su poder de vida y de muerte sobre la criatura que lo lleva.
Pero hay otra tradición, más luminosa, según la cual el nombre secreto no es tanto la cifra de la servidumbre de la cosa a la palabra del mago como, sobre todo, el monograma que sanciona su liberación del lenguaje. El nombre secreto era el nombre con el cual la criatura era llamada en el Edén y, pronunciándolo, los nombres manifiestos, toda la babel de los nombres, cae hecha pedazos. Por esto, según la doctrina, la magia llama a la felicidad. El nombre secreto es, en realidad, el gesto con el cual la criatura es restituida a lo inexpresado. En última instancia, la magia no es conocimiento de los nombres, sino gesto: trastorno y desencantamiento del nombre. Por eso el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta. Pero su tristeza no proviene tanto de la ignorancia de los nombres mágicos como de su dificultad para deshacerse del nombre que le ha sido impuesto. No bien Jo logra, no bien inventa un nuevo nombre, tiene en sus manos el salvoconducto que lo lleva a la felicidad. Tener un nombre es la culpa. La justicia es sin nombre, como la magia. Privada de nombre, beata, la criatura llama a la puerta del país de los magos, que hablan sólo con gestos.
(En: Profanaciones, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005)
martes, 11 de noviembre de 2008
La escritura de un pensar laberíntico: entre nos-otros
(Fragmento de "Entre la palabra y el abismo: habitar lo extraño en uno)

Una escritura-experiencia de la filosofía, que podemos inscribir en una lógica laberíntica y que no espera encontrar, sino perder el rostro, es una escritura que se instituye a partir de la diferencia, del principio de alteridad. Y es una filosofía tensional, en tanto su escritura se crea entre lo que se sabe y lo que no. Entre quien se es y lo otro que somos. Entre la interioridad y lo extraño. Las cosas, el mundo, los otros, hablan siempre una lengua diferente. Perder el rostro manifiesta esa tensión entre lo uno y lo otro, ese paseo de una filosofía tensional que hace de su escritura su carácter: en sus palabras tiene que quedar la huella del habitar de lo extraño en uno, la diferencia que se hace cuerpo, la discontinuidad respecto de nuestra mismidad.
Frente a la imagen de un pensamiento cuya lógica se reduce a la racionalidad argumentativa, nos preguntábamos si era posible otro filosofar, que no concluya en definiciones últimas, sino que por el contrario, abra el juego a nuevos posibles, un pensar que se constituya a partir del acontecimiento, y que las verdades a las que arribe sean pensadas siempre como verdades en tránsito. Para este pensar laberíntico, y para una escritura de este pensar se nos presenta también una subjetividad otra; no aquella que resulta garante del conocimiento (“en tanto me conozco a mí mismo, puedo conocer las cosas”, ya que no esperamos encontrarnos, sino perdernos). Una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que more y afirme el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Que se “abandone”, soltando las certezas sobre las que reposa; entregarse a las fuerzas del acontecer, y posicionarse otra vez respecto de ellas. Habitar en el “entre” nosotros y los otros; en un nos-otros: en tanto nos habita la diferencia, en tanto somos siempre otros para nosotros mismos en el devenir de nuestro pensamiento.
Una escritura-experiencia es siempre una escritura a otros, de otros y con otros; en la medida en que se da a partir de un diálogo con la alteridad. Una escritura-experiencia es un encuentro de diferencias que no se reduce a ninguna de ellas, ni es síntesis de contrarios, sino lo nuevo que desde allí mana. Lejos de fijar sentidos, al modo arquitectónico, se trata de una escritura que permite la generación de nuevos sentidos, que se instituye a partir del continuo movimiento del pensar. Es un pasar de sentidos a nuevos sentidos, y en este pasar la subjetividad se crea y recrea. Una escritura-experiencia posibilita figuras provisorias de la identidad, múltiples rostros que se van transformando a partir de las diferencias que se establecen consigo mismas en ese “abandono” al movimiento de un pensar no totalizante.
Invierte la relación de lo posible y lo real. Hace posible lo real. Una escritura-experiencia no busca legitimar lo que sabe a través de su lógica explicadora, en el intento de hacer real lo posible o un deber-ser; sino por el contrario, que lo real se haga posible. Tomar la realidad como punto de partida y abrir posibilidades, nuevos horizontes, no los previstos, puesto que no estamos buscando orientarnos en el pensamiento como cuando recorremos una ciudad con un mapa. Afirmar lo posible implica afirmarlo como enigma y como tránsito, como azar y como escucha. Como invención. Como encuentro.
La experiencia que va lo real a lo posible instaura nuevos órdenes, nuevas relaciones con los mapas, nuevas formas de jugar. Julio Cortázar en su Rayuela describía el juego entre la Maga y Oliveira diciendo en boca de este último: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. También podemos decirlo como Benjamín cuando escribe: «Importa poco no saber orientarse en un ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje». Picasso lo dijo así: “Yo no busco, encuentro”. Por último, podemos decirlo con Miguel Morey: “Si pasear es un proyecto por medio del cual se rompe con el mundo del proyecto es porque en él se busca lo que no se espera –se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando.”

Una escritura-experiencia de la filosofía, que podemos inscribir en una lógica laberíntica y que no espera encontrar, sino perder el rostro, es una escritura que se instituye a partir de la diferencia, del principio de alteridad. Y es una filosofía tensional, en tanto su escritura se crea entre lo que se sabe y lo que no. Entre quien se es y lo otro que somos. Entre la interioridad y lo extraño. Las cosas, el mundo, los otros, hablan siempre una lengua diferente. Perder el rostro manifiesta esa tensión entre lo uno y lo otro, ese paseo de una filosofía tensional que hace de su escritura su carácter: en sus palabras tiene que quedar la huella del habitar de lo extraño en uno, la diferencia que se hace cuerpo, la discontinuidad respecto de nuestra mismidad.
Frente a la imagen de un pensamiento cuya lógica se reduce a la racionalidad argumentativa, nos preguntábamos si era posible otro filosofar, que no concluya en definiciones últimas, sino que por el contrario, abra el juego a nuevos posibles, un pensar que se constituya a partir del acontecimiento, y que las verdades a las que arribe sean pensadas siempre como verdades en tránsito. Para este pensar laberíntico, y para una escritura de este pensar se nos presenta también una subjetividad otra; no aquella que resulta garante del conocimiento (“en tanto me conozco a mí mismo, puedo conocer las cosas”, ya que no esperamos encontrarnos, sino perdernos). Una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que more y afirme el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Que se “abandone”, soltando las certezas sobre las que reposa; entregarse a las fuerzas del acontecer, y posicionarse otra vez respecto de ellas. Habitar en el “entre” nosotros y los otros; en un nos-otros: en tanto nos habita la diferencia, en tanto somos siempre otros para nosotros mismos en el devenir de nuestro pensamiento.
Una escritura-experiencia es siempre una escritura a otros, de otros y con otros; en la medida en que se da a partir de un diálogo con la alteridad. Una escritura-experiencia es un encuentro de diferencias que no se reduce a ninguna de ellas, ni es síntesis de contrarios, sino lo nuevo que desde allí mana. Lejos de fijar sentidos, al modo arquitectónico, se trata de una escritura que permite la generación de nuevos sentidos, que se instituye a partir del continuo movimiento del pensar. Es un pasar de sentidos a nuevos sentidos, y en este pasar la subjetividad se crea y recrea. Una escritura-experiencia posibilita figuras provisorias de la identidad, múltiples rostros que se van transformando a partir de las diferencias que se establecen consigo mismas en ese “abandono” al movimiento de un pensar no totalizante.
Invierte la relación de lo posible y lo real. Hace posible lo real. Una escritura-experiencia no busca legitimar lo que sabe a través de su lógica explicadora, en el intento de hacer real lo posible o un deber-ser; sino por el contrario, que lo real se haga posible. Tomar la realidad como punto de partida y abrir posibilidades, nuevos horizontes, no los previstos, puesto que no estamos buscando orientarnos en el pensamiento como cuando recorremos una ciudad con un mapa. Afirmar lo posible implica afirmarlo como enigma y como tránsito, como azar y como escucha. Como invención. Como encuentro.
La experiencia que va lo real a lo posible instaura nuevos órdenes, nuevas relaciones con los mapas, nuevas formas de jugar. Julio Cortázar en su Rayuela describía el juego entre la Maga y Oliveira diciendo en boca de este último: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. También podemos decirlo como Benjamín cuando escribe: «Importa poco no saber orientarse en un ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje». Picasso lo dijo así: “Yo no busco, encuentro”. Por último, podemos decirlo con Miguel Morey: “Si pasear es un proyecto por medio del cual se rompe con el mundo del proyecto es porque en él se busca lo que no se espera –se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando.”
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jueves, 24 de julio de 2008
flor-rizoma
Cuando escribimos creemos ser quienes lo hacemos. No sólo eso, relacionado con la imagen que tenemos de nosotros mismos -una individualidad, una unidad-, sino que además creemos ser los poseedores de nuestras palabras, una especie de liberalismo de la escritura, en donde también creemos en la propiedad intelectual. Pero resulta ser que nuestra escritura es siempre la escritura de otros, a otros, con otros; y nuestras lecturas, también las lecturas de otros, a otros y con otros. Cada vez que escribimos compartimos nuestras palabras con otras escrituras y lecturas, y nos reinventamos cada vez en ellas -no propiamente nuestras, sino de todos y de nadie, como una flor parásita de un árbol, como una flor-rizoma-. Escribir, como leer es una experiencia. Nos transforma. No somos los mismos después de leer aquello que nos dio que pensar, que nos obligó a nuevos sentidos, que nos dejó impávidos como gritos de asombro. Que nos hizo sonreir y sonreirnos a nosotros mismos, que nos crispó la piel, mientras aquello leído se nos volvió cuerpo. Escribir, como leer es un acontecimiento, que se da "entre" algo y nosotros, pero que no podemos adjudicárnoslo, apropiárnoslo, identificarlo con nosotros. Toma distancia respecto de quienes lo hacemos, cobra vida propia, nos mira desde otro lugar. Tiene que ver con nosotros, pero no es nosotros. Una experiencia, como sólo podría ponerle palabras Foucault en la Introducción a La arqueología del saber, cuando imagina su respuesta a un crítico de su libro que le formula la siguiente pregunta:"- ¿No está usted seguro de lo que dice? ¿Va usted denuevo a cambar, a desplazarse en relación con las preguntas que se le hacen, a decir que las objeciones no apuntan realmente al lugar en que usted se pronuncia? ¿Se prepara usted a decir una vez más que nunca ha sido usted lo que se le reprocha ser? Se está preparando ya la salida que en su próximo libro le premitirá resurgir en otro lugar y hacer burla como la está haciendo ahora :"No, no, no estoy donde ustedes tratan de descubrirme sino aquí, de donde los miro, riendo".
- ¡Cómo! ¿Se imaginan ustedes que me tomaría el trabajo y tanto placer al escribir, y creen que me obstinaría, si no preparara -con mano un tanto febril- el laberinto por el que aventurarme, con mi propósito por delante, abriéndole subterráneos, sepultándolo lejos de sí mismo, buscándole desplomes que resuman y deformen su recorrido, laberinto donde perderme y aparecer finalmente a unos ojos que jamás volveré a encontrar? Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pegunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir."
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martes, 3 de junio de 2008
mANifiEstO pOR Un pENsAmIEnTo dE La DifERenCIa

DE NIETZSCHE, DE FOUCAULT, DE DELEUZE, DE SANDRA, DE MARCELO, DE SILVA, DE... Interromper. O uno. A identidade. O todo. A totalidade. A plenitude. A completude. O íntegro. A dialética. A negação. A razão. A verdade. O progresso. A evolução. A origem. A teleologia. O sujeito.
Dispersar. Disseminar. Proliferar. Multiplicar. Descentrar.
Desestruturar. Deconstruir. O significado. O sentido. O texto. O desejo. O sujeito. A subjetividade. O saber. A cultura. A transmissão. O diálogo. A comunicação. O currículo. A pedagogia.
Preferir a diferença à identidade. a positividade à negatividade. a afirmação à contradição. A singularidade à totalidade. a contingência à casualidade. O evento ao predicado. A performatividade à qualidade. O verbo ao adjetivo. O "verdejar" ao "verde". A linha ao ponto. A espiral à seta. O rizoma à árvore. A disseminação à polissemia. A ambigüidade à clareza. O movimiento à forma. A metamorfose à metáfora. O acontecimento ao conceito. O impensado ao bom senso. O simulacro ao original.
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domingo, 1 de junio de 2008
Una otra política del lenguaje

No somos individualidades dispersas. Sino singularidades conjugadas. Estamos atravesándonos unos a otros, rizomáticamente, y lo hemos predicado como amor y como odio, como cariño y como deseo, como rechazo. Ficciones de una identidad, cuando se trata de una metáfora para hablar de ese “entre” nosotros, aquello del orden del acontecimiento, una experiencia, irreductible al lenguaje del totalitarismo universalizante. Sólo podemos hablar de ese “entre” desde un lenguaje propio de la infancia, inventando, creando, develando las máscaras desde las que hablamos.
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martes, 27 de mayo de 2008
del acontecimiento
"El estallido, el esplendor del acontecimiento es el sentido. El acontecimiento no es lo que sucede (accidente); está en lo que sucede el puro expresado que nos hace señas y nos espera. (...) es lo que debe ser comprendido, lo que debe ser querido, lo que debe ser representado en lo que sucede. Bousquet añade: “Conviértete en el hombre de tus desgracias, aprende a encarnar su perfección y su estallido.” No se puede decir nada más, nunca se ha dicho nada más: ser digno de lo que nos ocurre, esto es, quererlo y desprender de ahí el acontecimiento, hacerse hijo de sus propios acontecimientos y, con ello, renacer, volverse a dar un nacimiento, romper con su nacimiento de carne. Hijo de sus acontecimientos y no de sus obras, porque la misma obra no es producida sino por el hilo del acontecimiento."
GILLES DELEUZE
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