lunes, 3 de agosto de 2015
Nous y noos
sábado, 3 de mayo de 2014
Variabilidades infinitas
Además de una filosofía que traza planos en el caos, una sensación al despertar:
"Sólo pedimos un poco de orden para protegernos del caos. No hay cosa que resulte más dolorosa, más angustiante que un pensamiento que se escapa de sí mismo, que las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos. Son variabilidades infinitas cuyas desaparición y aparición coinciden. Son velocidades infinitas que se confunden con la inmovilidad de la nada incolora y silenciosa que recorren, sin naturaleza ni pensamiento. Es el instante del que no sabemos si es demasiado largo o demasiado corto para el tiempo. Recibimos latigazos que restallan como arterias. Incesantemente extraviamos nuestras ideas. Por este motivo nos empeñamos tanto en agarrarnos a opiniones establecidas."
GDeleuze
martes, 9 de octubre de 2012
El pensamiento que nos vive
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| Cole Rise |
lunes, 17 de septiembre de 2012
Desembarazarme de mis pensamientos
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| Adreea Anghel |
"¿Y por qué escribes entonces? ¡Ay, querido amigo! Te diré, para que quede entre nosotros, que no he descubierto otro medio de desembarazarme de mis pensamientos. ¿Y por qué quieres desembarazarte de ellos? ¿Que por qué quiero? ¿Es que yo lo quiero? No tengo más remedio. ¡Basta, basta!"FNietzsche
lunes, 13 de diciembre de 2010
Pensar y presente
"Pensar es alojarse en el estrato en el presente que sirve de límite: ¿qué puedo ver y qué puedo decir hoy en día? Y es pensar el pasado tal y como se condensa adentro, en relación consigo mismo (hay un griego en mí, o un cristiano...). Pensar el pasado contra el presente, resistir al presente, no para un retorno, sino "en favor, eso espero, de un tiempo futuro" (Nietzsche), es decir, convirtiendo el pasado en algo activo y presente afuera, para que por fin surja algo nuevo, para que pensar, siempre, se produzca en el pensamiento. El pensamiento piensa su propia historia (pasado), pero para liberarse de lo que piensa (presente), y poder finalmente pensar "de otra forma" (futuro)".
viernes, 16 de enero de 2009
Filosofía laberíntica

Una filosofía laberíntica: para no esperar más de la filosofía la exposición de verdades -o lo que es peor: para reducirla, como algunos académicos, a prologar las verdades de otros-.
martes, 11 de noviembre de 2008
La escritura de un pensar laberíntico: entre nos-otros

Una escritura-experiencia de la filosofía, que podemos inscribir en una lógica laberíntica y que no espera encontrar, sino perder el rostro, es una escritura que se instituye a partir de la diferencia, del principio de alteridad. Y es una filosofía tensional, en tanto su escritura se crea entre lo que se sabe y lo que no. Entre quien se es y lo otro que somos. Entre la interioridad y lo extraño. Las cosas, el mundo, los otros, hablan siempre una lengua diferente. Perder el rostro manifiesta esa tensión entre lo uno y lo otro, ese paseo de una filosofía tensional que hace de su escritura su carácter: en sus palabras tiene que quedar la huella del habitar de lo extraño en uno, la diferencia que se hace cuerpo, la discontinuidad respecto de nuestra mismidad.
Frente a la imagen de un pensamiento cuya lógica se reduce a la racionalidad argumentativa, nos preguntábamos si era posible otro filosofar, que no concluya en definiciones últimas, sino que por el contrario, abra el juego a nuevos posibles, un pensar que se constituya a partir del acontecimiento, y que las verdades a las que arribe sean pensadas siempre como verdades en tránsito. Para este pensar laberíntico, y para una escritura de este pensar se nos presenta también una subjetividad otra; no aquella que resulta garante del conocimiento (“en tanto me conozco a mí mismo, puedo conocer las cosas”, ya que no esperamos encontrarnos, sino perdernos). Una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que more y afirme el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Que se “abandone”, soltando las certezas sobre las que reposa; entregarse a las fuerzas del acontecer, y posicionarse otra vez respecto de ellas. Habitar en el “entre” nosotros y los otros; en un nos-otros: en tanto nos habita la diferencia, en tanto somos siempre otros para nosotros mismos en el devenir de nuestro pensamiento.
Una escritura-experiencia es siempre una escritura a otros, de otros y con otros; en la medida en que se da a partir de un diálogo con la alteridad. Una escritura-experiencia es un encuentro de diferencias que no se reduce a ninguna de ellas, ni es síntesis de contrarios, sino lo nuevo que desde allí mana. Lejos de fijar sentidos, al modo arquitectónico, se trata de una escritura que permite la generación de nuevos sentidos, que se instituye a partir del continuo movimiento del pensar. Es un pasar de sentidos a nuevos sentidos, y en este pasar la subjetividad se crea y recrea. Una escritura-experiencia posibilita figuras provisorias de la identidad, múltiples rostros que se van transformando a partir de las diferencias que se establecen consigo mismas en ese “abandono” al movimiento de un pensar no totalizante.
Invierte la relación de lo posible y lo real. Hace posible lo real. Una escritura-experiencia no busca legitimar lo que sabe a través de su lógica explicadora, en el intento de hacer real lo posible o un deber-ser; sino por el contrario, que lo real se haga posible. Tomar la realidad como punto de partida y abrir posibilidades, nuevos horizontes, no los previstos, puesto que no estamos buscando orientarnos en el pensamiento como cuando recorremos una ciudad con un mapa. Afirmar lo posible implica afirmarlo como enigma y como tránsito, como azar y como escucha. Como invención. Como encuentro.
La experiencia que va lo real a lo posible instaura nuevos órdenes, nuevas relaciones con los mapas, nuevas formas de jugar. Julio Cortázar en su Rayuela describía el juego entre la Maga y Oliveira diciendo en boca de este último: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. También podemos decirlo como Benjamín cuando escribe: «Importa poco no saber orientarse en un ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje». Picasso lo dijo así: “Yo no busco, encuentro”. Por último, podemos decirlo con Miguel Morey: “Si pasear es un proyecto por medio del cual se rompe con el mundo del proyecto es porque en él se busca lo que no se espera –se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando.”
miércoles, 27 de agosto de 2008
Cuatro importancias

Hay un poema de Manoel de Barros, poeta brasileño, que habla sobre las importancias. Y esas importancias no son como las otras: esas que refieren grandes anhelos, o peor, grandes pre-ocupaciones. Son importancias pequeñas, brincadeiras, las del día.
Ayer salí exultante de la Universidad. Había dado una clase sobre Nietzcshe que me había conmovido -no sé qué les pasó a los alumnos-, me había dejado en éxtasis. Había podido comunicarme con mi propio discurrir para hablar sobre una filosofía sin explicarla, para narrar una experiencia filosófica a partir de su lectura, a partir de mi escritura que se cruza con la nietzscheana. No había matado su pensamiento al explicarlo. No lo había explicado.
Más tarde, una cosa "tonta". En un semáforo, acomodando el espejo retrovisor (¿qué pasa con los retrovisores?), me encuentro, literalmente, en gestos con la persona que estaba en el auto de atrás. Sus señas, sus dedos, apuntaban hacia adelante, bastó seguirlas para darme cuenta que el semáforo ya estaba en verde, mientras yo me dedicaba a acomodar mi retrovisual. Contesté también con un gesto, un pulgar levantado, agradeciendo que lo que me dio no fue un bocinazo. Una cosa "tonta" que me distrajo de lo cotidiano: me sacó de esa marea de perplejidades de cuando uno va en el auto, de esa distracción impávida, para encontrarme con un alguien en un gesto.
Allí, en el auto, y ya casi como todos mis pensamientos -que surgen en tránsito, en paseo, en caminatas- apareció uno que decía: ¡esto podría ser lo bueno que pasó en mi día! Ese despertar a los otros cuando nos creemos solos, ese despertar también al lenguaje gestual que también dice. Lo bueno que me pasó en el sentido de "lo importante", lo "contable" en un anecdotario de almanaque. Y ahí también coloqué mi clase sobre Nietzcshe.
Pero claro, ya no terminó todo ahí. Cuando una comienza a prestar atención a ciertas cosas, nos abrimos a otras. También en el auto, ya de noche y volviendo, otro acontecimiento: ruta + calorcito (de zonda) + precisamente la noche. Esa combinación es la mejor cuando se va e el auto. Primer día de calorcito en Mendoza. No pude sino acompañar con música: "O ultimo día" y "Trampolim", de Moska, eran perfectos para ese momento. Otra vez, una importancia para mi día.
Y cuando ya la noche cayó, y yo misma estaba a punto de caer y entregarme al dios Morfeo, apareció Cortázar en una entrevista por la tele. Me sorprendió, que en la tele pudieran pasar una entrevista de 2 horas, en la que Cortázar se desplazaba con las palabras y se contaba a sí mismo y a su realidad-fantástica. A su línea que bajaba por todos esos papeles y dibujos y klimts que había pegado en una pared. Una línea que no la había puesto él, que no fue intencional, y que sin embargo, se había nacido en ese caos y superposición de imágenes y textos azarosos.
¿Qué son las importancias sino las sorpresas, Manoel, Julio?
martes, 24 de junio de 2008
Experiencia del "entre"
"Habitar en el "entre" es también morar el juego de las fuerzas, en el que no existen hilos fijados de antemano para seguir un trayecto, arriesgarse a la pérdida de toda propiedad de sí, de toda autonomía, de todo dominio. El "entre" deviene continua des-apropiación , en una configuración de la supuesta mismidad desde ese cruce de fuerzas con lo extraño, lo otro, que descubre que , de algún modo eso extraño ya estaba siempre en uno, morando, des-morándose.(...)
(CRAGNOLINI, M. Moradas Nietzscheanas. Del sí mismo, del otro y del "entre".)"Entre": morada provisoria de en lo extraño y de lo extraño (en uno); cruce de fuerzas que se forja como entre-cruzamiento que no espeja lo otro en lo mismo. El otro, el extraño, es un otro-en-uno-mismo que conserva cierta opacidad, siempre inaferrable. Res-guardo de la otredad que no puede ser apropiada."
domingo, 25 de mayo de 2008
habitar en la palabra
No entiendo de misterios, sobrepasan mi razón como una ola gigante en busca de su playa para romperse. Y mi razón es quizás lo que más se sobrepase a sí misma. Poder pensar una existencia, el universo, las armonías y los ciclos, el orden y el caos, el movimiento, ese despliegue del tiempo que como una tela se desenvuelve sin reverso, aparentemente sin reverso… las palabras que son la materia del tiempo, las que lo piensan, las que lo dicen, las que me permiten decir esto ahora. El pensamiento que me vive, y que me epifaniza la vida, el mundo, el tiempo, ser madre, la naturaleza de lo que vive y muere, ser tránsito, ser puente, dejar que acontezca, que sea en mí la lógica inversa de que de dos aparezca el uno. lunes, 28 de abril de 2008
paseo

Entre mi pensamiento y mis pies
hoy no hay distancias que llenar
sino abismos que saltar.
Me sé de paso. Me sé transitoria, andante, transformándome en otras. Habito cada paso que doy, con un horizonte que no es una meta sino un paisaje. Los pasos caminan mi andar mientras devienen ríos, mares, montañas, cielos. En el pasar que se sabe de paso, no hay definiciones que delimitan un mundo, sino la apertura de mundos, las posibilidades que habitamos. La experiencia del cuerpo y las de las palabras, el atravesar y dejarse atravesar por una diferencia, hasta ya no ser quien se era. Entre nosotros y el mundo, la intimidad de este paseo. Como modo de existir. Con las máscaras y rostros que nos tomen, porque ¿podemos aún decir que somos uno y los mismos? Hablo del paseo como el ir de un yo al otro, como el estar parada en lo que cambia. Porque, ante todo, pasamos.
Miguel Morey, en un ensayo titulado Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin, señala el sentido que Benjamin da al paseo: como metáfora de la forma de la experiencia, puesto que implica un modo específico de relación entre el recuerdo, la atención y la imaginación; y lo propone como una especie de método para una experiencia de lo real, algo como un ethos frente a lo real, que se vuelve régimen de relación de uno mismo con uno mismo. Se trata de un método de quien está y se sabe de paso, opuesto al método arquitectónico que es espacial y estático, del cual Kant es el máximo exponente. Este pasar de lo que pasa, como metáfora de la forma y también como política de la experiencia, tiene su reivindicación en el contar y lo narrativo, en lo qué éste tiene de selección de qué es lo que cuenta en el pasar de lo que (nos) pasa, y de posibilidad de transmitir ese saber de una forma comunicable. En este sentido, en tanto seres de paso, la verdad es siempre un trance, y la posibilidad que hay de comunicarla en tanto que trance, es la narración.
Una política de la experiencia implica restaurar la dignidad de la experiencia, y esto requiere, según Morey, por un lado, la ausencia de intencionalidad, que se opone al plan arquitectónico que pretende edificar, en términos filosóficos, “orientarse en el pensamiento”, sin perderse, teniendo el pensamiento bajo control. En segundo lugar, el perderse tiene que ver con aquel paseo que es siempre un primer paseo, por tanto también con la novedad de un pensamiento mientras se encuentra con lo impensado. En tercer lugar, implica una voluntad atenta a romper con toda voluntad de reconocimiento y con la apertura a la posibilidad del encuentro. Si pasear es romper con la posibilidad del proyecto, es porque en él se busca lo que no se espera “se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando”. Se trata de la captura del instante o de los rostros del instante, que atestiguan lo que no pertenece a la representación (a esto llama Benjamin la “experiencia del aura”).
Así, la experiencia es aquello que nos da que pensar, que pone en movimiento el pensamiento, que nos provoca y coloca frente a nosotros mismos, ante la pregunta “¿qué hacer ante..?” y en este movimiento del pensar aparece la puesta en escena del lenguaje que intenta decir, narrar, contar la experiencia del pasar de lo que pasa. En este sentido es interesante rescatar, para el vínculo entre experiencia, lenguaje e infancia, cómo concluye Morey con Kantspromenade, haciendo referencia a que “el Paseante siempre pasea con un niño, es siempre el niño que fuimos quien pasea”.
domingo, 6 de abril de 2008
Filosofía de la incertidumbre (abreviado)
Podemos escribir y podemos leer de modos diferentes. Nuestro vínculo con la escritura y la lectura nos invitan a distintos modos de relacionarnos con los textos. Foucault problematiza esta relación con la escritura, y dice que puede escribirse un libro como verdad o como experiencia[1]. Un libro como verdad es escrito cuando se cree poseer una verdad que puede ser transmitida, cuando se piensa desde los fundamentos últimos de la filosofía, que instituyen la preexistencia de una verdad fuera del tiempo y la historia, un más allá de toda palabra y de todo cuerpo, una condición para un pensar que se debate entre la “moral de la culpa” y el “pensamiento correcto”.
Un libro como experiencia, es aquel, que, en cambio, se escribe a partir de lo que se está por decir, sobre aquello que nos llama a pensarlo, la escritura comienza cuando hay algo que no es nuestro, que no poseemos. Una escritura como experiencia no tiene caminos certeros, no se sabe en su destino. Entonces, en esta relación con la escritura estamos involucrados por completo. Saldremos otros, transformados. No se tratará de afirmar una verdad, sino de modificar, poner en cuestión, problematizar, la relación que mantenemos con ella. Se trata de un aprender a desaprender una relación con el saber totalizante que nos es impuesto como meta a alcanzar, un deseo exterior, puesto fuera para ser satisfecho. La escritura como experiencia implica otro deseo de saber, no una posesión, sino un encuentro, no un desear lo que no se tiene o lo prohibido, sino un acontecimiento. El lenguaje como experiencia es entonces el de la palabra como acontecimiento del pensar, como la novedad que surge de la diferencia.
En Nietzsche podemos encontrar esta última relación con la escritura, pero además de hacer de la escritura una experiencia, es alguien con quien podemos relacionarnos íntimamente, si hay entre él y nosotros una afinidad, algo que nos convoca, un encuentro en el pensar, un asentir a una actitud filosófica singular. Es que Nietzsche no escribe libros. No encontramos en su escritura la linealidad del libro: aquello que comienza y tiene fin, aquello que se construye como sistema, aquello que va de lo particular a lo universal. Más bien hay en su pensamiento el encuentro de multiplicidades, una singularidad por decirse, una transgresión al lenguaje instituido para fundarse en otra relación con la palabra, que le permite ser instituyente, crear nuevos órdenes, multiplicar las miradas, hacer sonar las palabras de otro modo. No usa conceptos que cierran el sentido, sino más bien imágenes que abren a la pluralidad, que nos hacen relacionar con el cuerpo de la palabra, con el cuerpo entero, con los ojos que ven con muchos ojos –cuando el mirar es siempre mirar abismos- y los oídos que no pueden oír más que lo que su experiencia les regala; con la boca, ese lugar pronto a la comida y la palabra, al igual que el estómago.
El pensamiento de Nietzsche es como un mapa. Y leer Nietzsche es una invitación a entrar en un territorio de muchos caminos, pues un mapa es susceptible de entrar por cualquier lado, y cualquier camino nos lleva a cualquier otro. No hay linealidad. Deleuze diría que es un pensamiento rizomático. Para leer a Nietzsche no hace falta comenzar por una de sus obras, ni siquiera por el principio de algún libro. No hay principio en la filosofía, tampoco en su escritura.
Leer Nietzsche es entonces una invitación a transitar los caminos de la singularidad y del acontecimiento, una invitación a abismarse en un pensamiento que nos interpela en quienes vamos siendo, una provocación a pensarnos otra vez, a partir de su ironía. Nos invita a una profundidad donde nos tocamos con nuestra sombra, a la intensidad del instante que nos interpela a pensarnos en un tiempo diferente, desde los sentidos que nos vamos dando en nuestro decirnos. Siempre en una cuerda tensa, como la del arco y la lira, en la cual no se busca y se encuentra, se escribe, pero en realidad se lee, se entrega a la pasión –la fuerza del fuego, pero también el padecer de la entrega a lo que viene- al tiempo que se vuelve acción, cuando toma la palabra para crearse a sí mismo. La imagen de Escher puede ayudarnos a pensarlo: se trata de la mano del dibujante que se dibuja a sí misma. Pero esa mano que toma el lápiz no es meramente la propia mano, sino la mano que responde a un juego de fuerzas, a los dados arrojados que afirman un destino, a un robo de máscaras.
Su palabra hiere, su palabra cura. La vida viene besada por el dolor para dar lugar a ser el que se es. La proximidad de su pensamiento es la lejanía con nosotros mismos.
Lo característico del pensamiento nietzscheano es el método del paseante, como metáfora de la forma misma de la experiencia, pues va hacia una experiencia de lo real, hacia una actitud filosófica como tránsito. Es la experiencia del cuerpo, de la palabra y el pensamiento como habitar el pasar de lo que pasa, como salir al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando. Es el ir de un alma a otra, un pasaje, un estar parado en lo que cambia, una mutación en el paisaje. Se trata de poner en valor la fugacidad, la dignidad de lo singular, lo fugitivo, lo transitorio, lo efímero, lo contingente. Es siempre un niño quien pasea.[2]
En el pasar que se sabe de paso, no hay una afirmación que delimite un mundo, sino la puerta a la multiplicidad de mundos, de cada uno de los posibles mundos que habitamos. Se trata de hacer posible lo real. El paseo es la proximidad que mantenemos con las cosas en su distancia, la posibilidad de ir diciéndolas y paladeándolas.
La transfugacidad del pensamiento de Nietzsche nos provoca un ser en el caminar, un no caminar hacia horizontes, sino mordernos los pies en cada paso, nos extranjerizamos en su lectura, nos invita a ser otros en tierras desconocidas, a afincar en nuevas hondonadas, a lanzarnos al vacío como águilas en su planeo al infinito. A hospedarnos en las palabras del otro que somos, a hablar una lengua nueva, a hablar como niños que aprenden, cada vez, a hablar.
¿Cuántas almas nos habitan, cuántos soles nos queman, cuántas palabras para afirmarnos a nosotros mismos, para querer lo que somos? ¿Quién es aquí la que hace preguntas?
[1] Por ejemplo, pueden verla en una entrevista con D. Tromabadori. “Entretien avec Michel Foucault”. In: Dits et Écrits. Paris: Gallimard, 1994/1978, p. 41-95.
[2] MOREY, Miguel. Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin. Barcelona, La Central, 2004.
sábado, 5 de abril de 2008
Decálogo foucaulteano



