HYPOMNEMATA

Los hypomnemata eran cuadernos de escritura: en ellos se encontraban citas, fragmentos de escrituras o pensamientos del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas, pensadas, y se atesoraban en esas páginas desordenadas, heterogéneas. Se trataba de un ejercicio en el pensamiento que no tenía como fin el decir lo indecible, sino captar lo ya dicho, de reunir lo leído. Eran escrituras sobre lecturas, y el fin de las mismas, la constitución de sí mismo. Era una escritura que posibilitaba la transformación de la verdad que nos damos a nosotros mismos. Una escritura que constituía con las propias palabras y las de otros un "cuerpo", como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad.







viernes, 29 de enero de 2010

Amigos de la distancia

No se vieron en la noche
                    ni en el día
los que venían diciendo y cantando
los nacimientos de otros
los soles nuevos, las mañanas ventosas
los cataclismos, las cascadas
los que son muchos y las diferencias

Sólo se presentían
        se adivinaban
        se deducían
sabiéndose de esos que aman alejarse
amigos de la distancia
osadía de una amistad que quiere lo extraño
que ama todo aquello que nos hace ser otros de los que somos

aventureros del quizá
y del cada-vez
como la vez primera

miércoles, 13 de enero de 2010

felinamente


(Brooke Eldowney)

sábado, 9 de enero de 2010

Magia y felicidad

Giorgio Agamben



Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que "los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia". La afirmación, efectuada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: "Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural".

Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella, tener en casa el asno cagamonedas o la gallina de los huevos de oro. Yen cada ocasión, conocer el lugar y la fórmula vale mucho más que proponerse honestamente y dedicarse con todas las fuerzas a alcanzar un objetivo. Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hybris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y sólo entonces puede decirse verdaderamente feliz.

Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción. y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos ha comprendido la diferencia entre vivir dignamente y vivir feliz. "Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad es la inclinación; aquello que luego somete esta inclinación a la condición de que debes ser primero digno de la felicidad es tu razón", escribe Kant. Pero con una felicidad de la cual podemos ser dignos, nosotros (o el niño que hay en nosotros) no sabemos bien qué hacer. ¡Qué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Y qué aburrida la felicidad como premio o recompensa por un trabajo bien hecho!

Que el vínculo que mantiene unidas la magia y la felicidad no es simplemente inmoral, que puede, más bien, dar testimonio de una ética superior, se evidencia en la antigua máxima según la cual quien se da cuenta de que está siendo feliz, ya ha dejado de serlo. Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya. Así Júpiter, que se une a la bella Alcmena asumiendo los rasgos del consorte Anfitrión, no goza de ella como Júpiter. Y mucho menos, más allá de la apariencia, como Anfitrión. Su alegría pertenece toda al encanto, y se goza concientemente y puramente sólo de aquello que se ha obtenido por las vías transversales de la magia. Sólo el encantado puede decir sonriendo: yo, y verdaderamente merecida es sólo esa felicidad que no soñaríamos con merecer.

Es esta la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros). Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de aquel no para nosotros. No quiere decir que la felicidad está reservada solamente a los otros (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando se la hemos arrebatado a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez por todas la tristeza infantil.

Si es así, si no hay otra felicidad que sentirse capaces de magia, entonces se vuelve transparente también la enigmática definición que de la magia dio Kafka, cuando escribió que si se llama a la vida con el nombre justo, ella viene, porque "esta es la esencia de la magia: que no crea, pero llama". Esta definición está de acuerdo con la antigua tradición, que cabalistas y nigromantes han seguido escrupulosamente en rodos los tiempos, según la cual la magia es esencialmente una ciencia de los nombres secretos. Toda cosa, todo ser tiene de hecho, más allá de su nombre manifiesto, un nombre escondido, al cual no puede dejar de responder. Ser mago significa conocer y evocar este archinombre. De allí, las interminables listas de nombres -diabólicos o angélicos- con los cuales el nigromante se asegura el dominio sobre las potencias espirituales. El nombre secreto es para él sólo el símbolo de su poder de vida y de muerte sobre la criatura que lo lleva.

Pero hay otra tradición, más luminosa, según la cual el nombre secreto no es tanto la cifra de la servidumbre de la cosa a la palabra del mago como, sobre todo, el monograma que sanciona su liberación del lenguaje. El nombre secreto era el nombre con el cual la criatura era llamada en el Edén y, pronunciándolo, los nombres manifiestos, toda la babel de los nombres, cae hecha pedazos. Por esto, según la doctrina, la magia llama a la felicidad. El nombre secreto es, en realidad, el gesto con el cual la criatura es restituida a lo inexpresado. En última instancia, la magia no es conocimiento de los nombres, sino gesto: trastorno y desencantamiento del nombre. Por eso el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta. Pero su tristeza no proviene tanto de la ignorancia de los nombres mágicos como de su dificultad para deshacerse del nombre que le ha sido impuesto. No bien Jo logra, no bien inventa un nuevo nombre, tiene en sus manos el salvoconducto que lo lleva a la felicidad. Tener un nombre es la culpa. La justicia es sin nombre, como la magia. Privada de nombre, beata, la criatura llama a la puerta del país de los magos, que hablan sólo con gestos.

(En: Profanaciones, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005)

sábado, 2 de enero de 2010

2010






Lo cierto es que hay Won dando vueltas por el aire, una innegable Mokita, brisa sopladora y susurrera, surgida de un secreto perdido casi olvidado, que Palatyi reveló un día a Pandora en sublime Ah-un…. Será todo una ocurrencia de los dioses, una Saudade inmensa que hace brotar ilusiones y espejos para mirarse y mirarse, será el simple Mono no aware o Shibui de los espejos y los reflejos…. Oh que será, que será!!! lo que no tiene arreglo ni nunca tendrá, que no tiene certeza ni nunca tendrá….Sea lo que sea que será, no dejemos escapar a Mamihlapinatapai por cualquier irrespetuoso Litost o Torschlüsspanik, salgamos Mbuki-mvuki a encontrar el nuevo año y a despojarnos del que se va como la piel de las serpientes…a pura Baraka…

Won: en coreano, resistencia a desprenderse de una ilusión.
Baraka: en árabe, energía espiritual que puede emplearse para fines mundanos.
Palatyi: en bantú, monstruo mítico que araña la puerta.
Mokita: en kiriwina, la verdad que todo el mundo sabe pero que nadie dice.
Ocurrencia, en nuestro español, esta palabra conocida por nosotros, no es traducible a otros idiomas.
Ah-un: en japonés, la comunicación tácita entre dos amigos.
Mono no aware: en japonés, la tristeza de las cosas.
Mamihlapinatapai: Dialecto de la Tierra del Fuego. El acto de buscar o mirar a los ojos de otro, con la esperanza de que el otro inicie lo que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar.
Saudade: Brasil. La expresión portuguesa que mejor define un estado de ánimo en el que se mezcla la melancolía y el recuerdo
Shibui: Japón. La apariencia amarga de lo que es positivamente hermoso
Torschlüsspanik: Alemania. Miedo que las personas solteras sienten ante la idea de casarse.
Mbuki-mvuki: Lengua bantú. Despojarse de la ropa espontáneamente y bailar de alegría desnudo.
Litost en checo, que, de acuerdo a Kundera, significa un estado tormentoso creado por la repentina visión de la propia miseria.

(Por Gonzalo, pesquisa mía de palabras intraducibles)

lunes, 28 de diciembre de 2009

Retornar



« El peso más pesado: ¿Qué ocurriría si, un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: “Esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión -y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas y así también este instante y yo mismo. ¡El eterno reloj de arena de la existencia es dado la vuelta una y otra vez -¡y a la par suya tú, polvito del polvo!-“ ¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te habló? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: “¡Tu eres un dios y jamás oí nada más divino! Si esa noción llegara a dominarte, te transformaría y tal vez te aplastaría tal y como eres ¡la pregunta ante todas las cosas: “¿Quieres esto otra vez e innumerables veces más?” pesaría como el peso más pesado sobre todos tus actos! O ¿Cómo necesitarías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que esta última, eterna confirmación, este sello?»

F. Nietzsche. La Gaya Ciencia.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Entre filosofía y psicoanálisis

A continuación, un texto de Marcelo Percia. Para disfrutarlo quienes se abismaron en el pensamiento nietzscheano.


Un analizante que dice leer en Nietzsche

(En: Actas de las Jornadas Nietzsche “Nietzsche, entrecruzamientos culturales” Buenos Aires, 1998)


Me interesa en su escritura la desgarradura. La convicción de que cualquier certeza puede volverlo loco. Trabaja en su pensamiento para librarse de un sí mismo que habla el lenguaje de la culpa, el pesimismo, la opresión moral, el repudio del cuerpo. Me hago la pregunta que Nietzsche se formula sobre Shakespeare: ¿cuánto tiene que haber sufrido para poder escribir así?

Me cuenta un analizante que no puede abismarse en lo que se escucha decir. Aunque, a veces, una extraña lucidez lo golpea en la cabeza, en el estómago, en los ojos, y siente crecer orejas en sus palabras.

Tal vez lo profundo no sea algo que se extiende hacia abajo, una hondura del alma, un fondo, una cavidad interior en la que hacen pie nuestras sombras. Quizá lo profundo sea un instante. La ilusión de ese instante. Un estado de intensidad en el que se hace escuchar algo que en seguida se rompe. Nietzsche se jacta de tener antenas para palpar lo invisible y aletas de pez para andar ligero sobre la superficie de las cosas.

Me cuenta un analizante que, de pronto, advierte una inesperada rugosidad en una palabra. Es una sensación en la boca y en el aire. O que siente que la lengua se le parte y que por la hendidura sale un pensamiento, a medio vestir, que le habla dividido. Me dice que siente que Nietzsche trata de hablar, hablar, hablar, hasta vaciarse de pensamientos. Un punto impreciso en el que las imágenes arden y las palabras hacen silencio.

No piensa que el análisis sea cosa exclusiva de consultorios. Me dice que, por momentos, Nietzsche parece un analizante. Me explica que no espera sólo curarse con palabras. No cree que hablar y ser escuchado siempre consuele, calme u ofrezca mejoría. A veces el verbo parece un impulso que patalea en el vacío. Dice que al hablar se libra de sí mismo y se encuentra. Escucha algo que quiere y que no quiere, que sabe y que no sabe, que entiende y que no entiende. Me dice que en ese arco vacilante, sin embargo, se decide y se afirma. No sabe explicar por qué.

Nietzsche hace de su dolor una aventura personal. En el prefacio de La gaya ciencia declara la gratitud de un convaleciente que encuentra, por fin, su curación. Una curación hecha de ideas que no rechazan el dolor. Me cuenta un analizante que se siente peleado con la expresión. No sabe cómo decir lo que le pasa. Incluso, mientras lo está diciendo, estima que no sabe cómo hacerlo o que no termina de lograrlo. Habla como si aguardara una palabra plena. Como si deseara una desnudez completa. A veces, cree satisfacerse con una forma, con una anécdota, con la ilusión de un entendimiento. Otras, quiere romper algo, saltar una ciénaga, arrancarse la piel.

Dice que Nietzsche se salva a sí mismo. Como en la escena del barón de Münchausen, cuando está a punto de hundirse en un pantano, se rescata tirándose de los pelos con su propia mano. Aunque, Nietzsche, no olvida que esa mano que (por pereza) llamamos propia responde, también, a los otros y al azar, a la sociedad y al universo. (1)

Dice leer en Nietzsche la canción más solitaria que se ha escrito. Imagina una habitación bajo la que se extiende una hermosa vista de Roma. Es la primavera de 1883. Frente a la piazza Barberini. Me pide que escuche murmurar ese canto: “Es de noche; a esta hora cantan su canción todas la fuentes. También mi alma es una fuente que canta. Es de noche: es la hora en que se elevan todas las canciones de amor. Y mi alma es también una canción de amor. Hay en mi alma algo insatisfecho, algo que no se satisfará nunca; y esto es lo que canta. Hay en mí un anhelo de amor, que habla el lenguaje del amor.” (2)

Me cuenta un analizante que probó leer ese fragmento antes de dormirse con la esperanza de curarse del vacío y prevenir el insomnio. Le parece que Nietzsche sabe que no conviene sumar rencor a la soledad. Me dice que su alma, sola, se lamenta y maltrata. No soporta entrar en la noche sin el amor de una mujer. Me pregunta si es posible curarse de la falta de ese amor.

Dice leer en Nietzsche que la enfermedad es destierro y es desierto. Un lugar en el que no brota nada. Prematuro secado del alma. Caída en un vacío, en un agotamiento, en una incredulidad. Tiranía del dolor y suplicio del orgullo que rechaza las consecuencias de ese dolor. Dice leer en Nietzsche (bajo la pregunta ¿Dónde están los médicos del alma?) (3) que la peor enfermedad de las personas proviene de los modos de luchar contra la enfermedad. Entiende que las culpas y autorreproches del enfermo añaden otro dolor, quizá más cruel, al dolor. Propone tranquilizar la imaginación del enfermo, para que, al menos, no sufra de pensamientos sobrantes. Le parece recordar que exclama: ¡cuántas crueldades innecesarias, cuántos martirios producen las religiones que inventaron el pecado!

Me cuenta un analizante que no quiere regodearse en la aflicción. Teme relamerse en la desdicha. Siente, en ocasiones, que otra alma se frota las manos en su pesar o que un doble contento habita en su desgracia. Incluso se da cuenta que los mismos pensamientos que se levantan contra la injusticia de su vida lastimada, al cabo, también, se inclinan complacientes.

Con Nietzsche la angustia se pone a filosofar. No repara en separaciones. No hace caso de fronteras o divisiones entre cuerpo y alma, o entre alma, cuerpo y pensamiento. Dice leer en Nietzsche que no somos ranas pensantes. (4) Aparatos objetivos o máquinas registradoras con las entrañas congeladas. Dice que parimos ideas con dolor. Que los pensamientos se hacen de nosotros mismos: con nuestra sangre, nuestro corazón, nuestro fuego, nuestra alegría, nuestra pasión, nuestro tormento, nuestra conciencia, nuestra fatalidad. Que la vida consiste en transformar todo lo que somos y todo lo que nos toca en claridad y en llama. Que un gran dolor, lento y perezoso, en el que nos consumimos como leños verdes, nos obliga a descender hasta nuestras últimas profundidades. A desprendernos de la ilusión de un bienestar puro. Incluso cree recordar que Nietzsche dice: “Dudo mucho de que semejante dolor nos haga mejores, pero sé que nos hace más profundos”.

Dice leer en Nietzsche que el dolor despierta a la bestia glotona. Que la felicidad es una espera que viaja sin olvidar que más allá del horizonte está la muerte. (5)

Me cuenta un analizante que la angustia hace del dolor una residencia indiscriminada e infinita. Confiesa que, a veces, se siente harto. Cansado de oír, una y mil veces, lo mismo. Relata un sueño en el que Nietzsche vocifera que es amarga la obstinación que no logra desprenderse de lo que no quiere escuchar.

Dice encontrar en Nietzsche un mensaje en el uso de la palabra quizá. Me hace escuchar un fragmento tal como lo recuerda en ese momento: “Dispuesta está la barca. Quizá, navegando hacia la otra orilla, se vaya hacia la gran nada. Pero, ¿quién quiere aventurarse en ese quizá? ¡Nadie quiere subirse en la barca de la muerte!”(6). Me dice que, en la vida, aventurarse al quizá, tal vez, es desafiar el propio miedo, el propio cansancio. Y menciona otro lugar (7) en el que dice leer que conviene dudar de todas las cosas. Que lo bueno y lo malo nos habita entreverado en un mundo en el que vacilan las identidades. Y, que por eso, no se puede hacer otra cosa que transitar por el peligroso quizá.

Me cuenta un analizante que no sabe cuándo comenzó con el adverbio de la duda. Al principio lo hizo por pudor o vergüenza. Una manera de afirmar algo simulando la posibilidad de otras razones. Una fórmula de cortesía para no desestimar de entrada la opinión ajena. Con el tiempo, el quizá, se trasformó en un vicio del habla. Una muletilla. Me aclara (por si pensara en decírselo) que reconoce que, en él, ese automatismo dudoso es un disfraz. Un modo de evitar el peligro. Un gesto para protegerse del desamparo.

Un analizante me cuenta que vive convaleciente. Relata, justamente, un episodio el que Zaratustra salta de su lecho como loco. Grita, se grita. Hace gestos como si en su cama, todavía, su cuerpo se negara a levantarse o no tuviera fuerzas. Se demanda, espera, no sabe cómo escuchar un pensamiento abismal que surge de las profundidades de su ser.

Me dice que sus taras neuróticas (esos nudos en los que trama sus dominios la angustia) son, también, preguntas para su vida. Incluso sabe que sus síntomas engordan con la creencia de que, gracias a ellos, se protege de algo peor. Dice que le cuesta creer que esas extrañezas, que tanto lo hacen sufrir, le pertenezcan.

Recuerda que Zaratustra se dice en “El convaleciente”, como si hablara con otro dormido, que es el momento de despertar. Destaparse los oídos y desatar su posibilidad de entendimiento. Necesita oírse. Siente que un abismo habla en él. Está dispuesto a girar con todas sus sombras hasta dar con ese murmullo oscuro en el que arden las palabras deseosas de ser escuchadas.

Cuenta un analizante que Lautréamont camina sobre las aguas. Me lee un canto que imagina hubiera gustado a Nietzsche: “Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos, todavía no han logrado, con ayuda de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, algunos de los cuales hasta las sondas más largas y pesadas han reconocido inaccesibles. A los peces... les está permitido; no ha los hombres. Muchas veces me he preguntado si será más fácil de reconocer la profundidad del océano que la profundidad del corazón humano”.

Me dice un analizante que, tal vez, abismarse sea confiarse al hablar de las palabras. Que las palabras hablan diferentes en distintas lenguas y en distintos oídos. Piensa al psicoanálisis como un ensayismo de un hablante que tienta diferencias. Un hablante que vive en la tentación de sentirse otro y, a la vez, intenta hospedarse siendo extranjero (8). Me aclara lo que sigue: “A veces, cuando me escucho contar mis historias de dolor, la corriente del habla me arrastra hasta arrojarme en otra orilla. En el trayecto, no sé bien por qué, algo se suelta. Entonces siento que una intensidad flotante prueba hablar entre las cosas.”

Dice encontrar en Nietzsche un elogio de las palabras pronunciadas para otro. Cree entender que cuando el hablar hace escuchar su potencia, el desierto del mundo se extiende como un jardín. (9)

Me cuenta un analizante que, a pesar de todo, tiene la ilusión de que se puede curar, salvar de lo ingobernable, de lo incontrolable, de su fogosa fragilidad de domador de fieras. Conjetura que los accidentes sexuales que sufre desde la adolescencia son anuncios prematuros de la presencia de la muerte en su vida. Dice: “muerte de una posibilidad, torcedura de un deseo, incendio en la sala de proyecciones”. Piensa que la muerte habla el lenguaje de las imperfecciones. Sugiero que la angustia es una sombra que busca un cuerpo. Me pregunta de dónde le viene su sombra de angustia. (Me digo, ahora mientras escribo, que no sé de dónde vienen esas sombras). Concluye que su cuerpo nace a la vida besado por una angustia y que, a veces, esa sombra anda con los dientes afilados.

Encuentra este fragmento en Nietzsche “Qué agradable es que existan palabras y sonidos: ¿palabras y sonidos no son acaso arcos iris y puentes ilusorios tendidos entre lo eternamente separado?” . Me dice que gusta imaginar esos puentes tendidos entre distancias que no se acortan, entre orillas que no se tocan, entre vecindades que nunca se alcanzan.

Me cuenta un analizante que cuando se escucha hablar tiene la sensación de un relato agujereado. Siente su historia comida por las polillas. Tirado sobre el diván pone en marcha un reflejo de hilador: une hilachas o las estira, hasta que las palabras tropiezan o se enredan. Piensa que cuando pierde el hilo, tal vez, comienza la sesión.

Me pregunta: “¿Sabe cuál es la diferencia entre verdad y mentira?” Responde: “la mentira es una verdad a la que se le nota el velo”.

Dice leer en Nietzsche una advertencia sobre lo que parece próximo. “A cada alma le pertenece un mundo distinto; para cada alma es toda otra alma un trasmundo. Entre las cosas más semejantes es precisamente donde la ilusión miente del modo más hermoso; pues el abismo más pequeño es más difícil de salvar”. (11)

Me cuenta un analizante que le duelen las mordeduras familiares. Sufre cuando la comunicación estalla en su casa, y todos (incluso él mismo) parecen bestias desconocidas. Se pregunta por qué el entendimiento siempre anda en la cornisa. Recuerda una imagen de Magritte, cree que el cuadro se llama Los amantes. Una pareja trata de besarse con sus cabezas envueltas en dos gruesas telas blancas. Es imposible que esos labios se toquen y, sin embargo, se besan.

Dice encontrar en Nietzsche un modo de hablar que puede curarnos del mundo. “¿No se les han regalado acaso a las cosas nombres y sonidos para que el hombre se reconforte en las cosas? Una hermosa locura, eso es hablar. Por ella bailamos por encima de todas las cosas”. (12)

Me cuenta un analizante que cuando no toma en serio sus palabras, ni persigue la última razón, ni busca trasparencias en su desgracia, o cuando se abandona a lo que está por venir sin la impaciencia por decirlo todo; entonces comienza a hablar un idioma extranjero que escucha sin entender. Un hablar desprendido de la comprensión y de la experiencia. Un hablar incompleto, incluso incoherente y desarticulado. Un hablar errático que traza su recorrido (como un segmento que ni siquiera es un segmento) en el infinito hablante que es su pequeño mundo.

Dice leer en Nietzsche (13) que trata de comunicar estados y tensiones, por medio de signos y de ritmos de esos signos. Dice que encuentra multiplicidad de estados en él, pero aclara que no cree en la comunicación en sí. La expresión no se realiza si otros oídos faltan a la cita.

Me cuenta un analizante que a veces se escucha hablar con una insistencia monótona y boba. Como el tráfico de una avenida que reitera los mismos embotellamientos. Dice que no cree en la palabra sola, ni en la autonomía del hablar. Me explica que su análisis comienza como un relato para otro, aunque después, mucho después, termina por aceptar que ese otro que nunca se alcanza vive en él mismo. (14)

Dice leer en Nietzsche que si fuera supersticioso diría que en estado de inspiración es encarnación, instrumento sonoro o médium de fuerzas poderosas. Apela a la idea de revelación para explicar que, de repente, algo, con indecible seguridad y precisión, se hace ver y oír. Dice que ese arrebato lo conmueve y lo trastorna. Escucha llegar lo que no busca, recibe lo que no sabe quién da. Un pensamiento, que se piensa en él, resplandece ajeno como un rayo que no vacila. A veces, en esa tremenda tensión, se desata un torrente de lágrimas y llora como si muchos, otros, lloraran en él. Tiene la conciencia de infinitos estremecimientos que le llegan hasta los dedos de los pies. Se siente rociado por un abismo de felicidad no exento de dolor y de sombras. Dice que ese estar–fuera–de–sí acontece de manera involuntaria. Como si se desatara una tormenta de sentimientos en la que los cuerpos y las almas se mezclan.

Me dice que cualquier psicoanalista estaría encantado con ese texto. Quizá por el orgullo de encontrar la idea de inconsciente haciéndose anunciar. A su criterio Nietzsche sabe caminar con los pies bien apoyados sobre un piso que no es firme. Incluso su estado de inspiración sabe convivir con la soledad, el vacío, la angustia.

Me cuenta un analizante que la locura impulsiva le viene cuando algo hace tambalear el orden con que cree sostener su vida. Un cambio imprevisto, un agujero en el día, un desarreglo, una distracción que lo golpea, un recuerdo, una añoranza. Como si, en su abarrotada ciudad, ocurriera un apagón y sus habitantes se lanzaran, como criaturas desesperadas, unos sobre otros. O como si otro corazón, junto a su corazón, latiera acelerado y fuera de control. Me dice que su locura impulsiva arrastra excitación, y que la excitación funde su fuerza en el impulso, y que, entonces, el impulso renovado arrastra más excitación, y que así (más o menos, según cree) crece en él un muñeco ingobernado. Me explica que en pleno ataque impulsivo llegan sus ingenieros con volquetes llenos. Se proponen, si los cálculos no fallan, tapar el boquete e incluso sostener un edificio sobre ese vacío. Pero los cálculos fallan y después de la locura consumada, reaparece la sombra de la angustia. Y la conciencia, otra vez, no sabe qué hacer con ese abismo.

Me cuenta un analizante que el psicoanálisis tampoco sabe. Dice que imagina el diálogo psicoanalítico como uno que no entiende y quiere entender; que no sabe y quiere saber, que no puede y quiere poder; y otro que no entiende, que no sabe, no puede y, sin embargo, no desespera.

Me entrega, antes de partir, un glosario (de sólo tres palabras) que dice leer en Nietzsche. Singularidad: huella evanescente en el alma. Alma: invención para imaginar la superficie ofrecida a una huella evanescente. Superficie: licencia literaria para soportar la instantánea marca de lo inefable.


(1) Me dice que Nietzsche alude a este mismo cuento para discutir con los que sostienen que todo depende de la propia voluntad. Pero que, en seguida, previene de lo contrario: el fatalismo de la determinación, el lamento de las voluntades débiles. Más allá del bien y del mal, 21.
(2)Me aclara que prefiere leer este texto de La canción de la noche en la versión de Eduardo Ovejero y Maury. Así habló Zaratustra. Aguilar, 1974. Buenos Aires.
(3) Aurora 52, 53, 54.
(4)La gaya ciencia, prefacio mencionado.
(5)Me propone que busque en la traducción de Ecce homo de Andrés Sánchez Pascual esta cita: “La enfermedad me proporcionó asimismo un derecho a dar toda la vuelta a mis hábitos: me permitió olvidar, me ordenó olvidar; me hizo el regalo de obligarme a la quietud, al ocio, a esperar, a ser paciente...”.
(6)Me aclara que volverá a leer el punto 17 De las tablas viejas y nuevas, en Así habló Zaratustra para revisar si omite algo en la cita.
(7)Más allá del bien y del mal, 2.
(8)Para que entienda lo que dice encontrar en Nietzsche me acerca esta cita: “Un nuevo género de filósofos está apareciendo en el horizonte: yo me atrevo a bautizarlos con un nombre no exento de peligros. Tal como yo los adivino, tal como ellos se dejan adivinar –pues forma parte de su naturaleza el querer seguir siendo enigmas en un punto–, esos filósofos del futuro podrían ser llamados, acaso también sin razón, tentadores. Este nombre mismo es, en última instancia, sólo una tentativa y, si se quiere, una tentación”. Más allá del bien y del mal, 42. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial. Madrid, 1997.
(9) “El convaleciente”, en Así habló Zaratustra.
(10)“El convaleciente”, en Así habló Zaratustra. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial, Madrid, 1997.
(11) “El convaleciente”, en Así habló Zaratustra, trad. cit.
(12)Me advierte que se permite un cambio, en esta cita, también de “El convaleciente”, respecto a la versión de Andrés Sánchez Pascual.
(13) En Ecce homo.
(14) Antes de retirarse lee un fragmento que está en “Del espíritu de la pesadez”, de la versión mencionada de Así habló Zaratustra. Dice: “El hombre es difícil de descubrir, y descubrirse uno a sí mismo es lo más difícil de todo; a menudo el espíritu miente a propósito del alma”.

sábado, 12 de diciembre de 2009

un otro árbol...

...de novedad